Hoy conduciendo al trabajo medito sobre lo ocurrido a lo largo del año, y analizo su significado.
Quizá tendría que haberme fijado más en el tráfico, pues un señor invade mi carril (debido a que había una señora parada en mitad de su carril) y chocamos.
Salimos ilesos, aunque mi coche no anda bien. La ley en Florida es muy clara: en caso de accidente de circulación, hay que esperar a las autoridades. Las autoridades, en este caso la Patrulla de Carreteras de Florida, tardan.
Mientras, hablo con el otro conductor. Es de Parma («¡algún día ganaremos al Real Madrid!») y trabajó en el Castellana Hilton en los años 60. La vida es un pañuelo, y resbaladizo.
Al final, llega el patrullero. Tardó porque en el gigantesco intercambio del Golden Glades (donde se encuentran tres autopistas y dos carreteras radiales) había otro accidente, y la señorita de la centralita confundió uno con otro.
Cuando empieza a hablar el patrullero me doy cuenta que he entrado en un universo paralelo, donde la legalidad y el sentido común no tienen mucho que ver.
«Un policía normal te pondría una multa», le dice al parmés. Yo iba a añadir que un policía normal le pondría una multa porque es su deber multar las violaciones al código de circulación, pero me callo.
«Pero yo no soy un policía normal. Te voy a poner la multa, pero puedes intentar descargarla. Si tu seguro indemniza a este chico, que tiene cara de bueno, puedes presentarte en una audiencia y yo no compareceré y este señor [yo], tampoco».
Ah.
Aquí debo añadir que los seguros de coche en EE.UU. son carísimos debido al enorme número de personas que conducen sin tenerlos y a la desbocada responsabilidad civil.
El italiano me mira como si el patrullero estuviera un poco loco. Está lloviendo, quiero ir a trabajar, y me callo.
A mitad redacción de informe, levanta la vista y dice: «¿Sabes qué? No le voy a poner la multa. Mientras su compañía de seguros esté de acuerdo con que te va a indemnizar, es lo que importa».
El italiano empieza a bailar una tarantela, y el poli sigue.
«Total, el dinero de la multa se lo queda el gobierno».
«Agente, eso es poco ortodoxo. Se lo digo porque he estado involucrado en varios accidentes, y gente que ha confesado su culpa en el momento posteriormente se han echado atrás y me han demandado», comento.
«Bueno, si le multo no es garantía de que te pague. Además», añade con tono de semiamenaza, «tengo el teléfono y la dirección de los dos. Si no te paga, me llamas y lo arreglo. Tengo un año y un día para multarle».
Me siento como Bonasera, el director de pompas fúnebres, hablando con Don Corleone en El Padrino. Siento la misma corriente de ilegalidad.
Mi agente de seguros alucina cuando la llamo: «esto es inaudito, la gente puede decir una cosa, pero luego echarse hacia atrás».
Pero el patrullero sigue como si nada, y el italiano empieza a musitar cosas a su móvil, hasta que por fin me dan un número de siniestro. Al parecer, me lo va a pagar su seguro. Aunque esto puede resultar ridículo, si me lo pagara mi seguro, los primeros $500 salen de mi propio bolsillo.
Con la batería de mi móvil bastante baja, llamo al taller que me recomiendan. Le digo cómo llegar a la entrada de este confuso scalectric. «Entiendo», me dice la chica del taller, «está en el Turnpike y la 836». No, corrijo, Turnpike y 826. «Muy bien, aviso a la grúa».
La batería empieza a pitar de hambre cuando me llama la grúa: «estamos en el Turnpike y la 836, y no le vemos». Por el maldito número, se han ido a buscarme a 30 kms. de aquí. Repito que es la 826, justo antes de la entrada al Turnpike. «Ah, bueno».
Tres cuartos de hora más tarde, vuelve a sonar. «Estamos en las casetas del peaje del Turnpike y no le vemos». «Es que no les dije que estaba en las casetas de peaje, sino en el cruce de la 826 con el Turnpike». Ah.
La grúa tiene que dar un rodeo de 5 kms. para volver a donde estoy, pero entonces me pasa a casi 100 kms/h.
Predeciblemente, vuelve a sonar el móvil. «No le vemos». Le vuelvo a explicar de nuevo dónde estoy, le comento que la grúa ha pasado volando, y a la tercera va la vencida.
La grúa es conducida por una corpulenta jamaiquina bastante afable, muy orgullosa de su profesión.
«Los trabajos están difíciles, pero yo me alegro de hacer esto. Porque en vez de tener cualquier empleo de mierda, conduzco una grúa».
Ah. Mi cerebro está pensando en 20.000 ironías, pero la señora añade: «hay gente que me critica por mi camisa sucia cuando salgo a comprar, pero no saben que tengo más dinero en mi bolsillo que ellos».
Poco a poco, volvemos a la realidad. Menos mal.
