Vuelvo andando del gimnasio a casa, unas 10 manzanas.
Me encuentro con varios chicos bien vestidos, con pancartas, manifestándose. Son de una iglesia adventista. ¿Pedirán que se acabe el hambre? ¿Que ayudemos a los pobres? ¿Que apoyemos a Bush? ¿Que cumplamos con los Diez Mandamientos? ¿Que Jesús viene pronto?
No. Denuncian que el domingo es el día de descanso falso, y que debe ser el sábado. Se manifiestan por una fruslería teológica.
Sigo, y hay varios chicos dominicanos jugando al béisbol en un campo. Parece que estoy en San Pedro de Macorís, metido en un juego. Si no hubiera un marcador en el fondo en inglés, hasta me lo hubiera creído.
Los beisbolistas juegan, inexplicablemente, sin umpire (árbitro). ¿Cómo pueden tener partidos acabables así? Si en fútbol son necesarios, en béisbol son imprescindibles.
Sigo, y delante de un edificio de apartamentos un señor tiene un vallenato a todo meter. Se oye perfectamente desde la calle. Parece que estoy en Medellín. Bueno, no, porque si me he de fiar de La virgen de los sicarios, en Medellín ya le hubieran pegado un tiro hace rato por ruidoso.
Después, pelea con otra fiesta y una salsa, música que se funde con una melodía haitiana en indescifrable creole, y luego en un rap, casi igual de inescrutable.
Es la banda sonora de esta zona de Miami, en un día en que estamos mejor a la sombra, no hace falta tanto aire acondicionado. A las tres manzanas llego a mi tranquilo barrio, y parece que los apartamentos circundantes no existieran, como si fueran una especie de pesadilla.
