Un huracán poderoso destruirá gran parte de Miami. Esto no es una cábala ni el argumento de mi novela, sino un vaticinio más o menos fundado.
Todos los años en Miami, vivimos la famosa «temporada de huracanes», dos o tres meses de desasosiego en los cuales nos preparamos para el paso de un poderoso ciclón, de los que hacían estragos por aquí cada tres o cuatro años.
Yo, que sufro el síndrome de Casandra impenitente, siempre me preparo para lo peor cada vez que se asoma una perturbación ciclónica, esos fenómenos meteorológicos que pueden crecer y convertirse en una lluvia trabajadora y decente o en un destructivo huracán.
Y empieza a surgir uno en el Caribe. Los pronósticos dicen que puede estar en la zona para el viernes. Veremos.
Es triste ver la neurosis que causan estos huracanes, las estampidas que se dan en los supermercados y tiendas de bricolaje cuando amenaza uno. ¿Se disolverá como un Alka-Seltzer? ¿Será un segundo Andrew? ¿Irá a otro lado? Por ahora, a especular.
