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Divorcio made in Spain

Estaba escribiendo un post sobre la casualidad de la fecha del 16-19 de julio y sus repercusiones militares en España (en esos días han ocurrido varias batallas o intervenciones clave para la historia). No me convenció mucho y pensé escribir sobre los varios temas de música clásica que me pide un amigo, para tener en el fondo musical de un homenaje periodístico a Celia Cruz. Me parece un tostón hasta para mí.

Al final, con un empujoncito de Alicia y otro más grande de Juvenal, veo que no quiero escribir sobre el divorcio de mis padres. No quiero, por muchas razones (entre ellas el abultado número de familiares que me leen), pero a veces se tienen que sacar estas heridas para que se aireen un poco. Y callar las voces internas que me imploran a no meterme en berenjenales.

Antes de entrar en el tema, quiero decir que por lo menos en este foro, parto de la base de la indemnidad de mis padres. Es decir, la vida es puñetera y a veces pasan cosas muy jodidas que no se pueden evitar. Intentar responsabilizar a terceros de mis cargas y traumas sería en cierta medida eludir la propia responsabilidad actual de solventarlas. Es como comprar un coche de segunda mano y en vez de arreglarlo, maldecir al dueño anterior.

Dicho esto, me acuerdo lo que comentaba con mi amiga Marisol (una compañera de fatigas en esto de ser hijos de padres divorciados): «para comprar una pistola hace falta un permiso; para conducir un coche y para tener un perro, también. Pero para tener hijos, no».

En fin, mis padres se separaron cuando tenía cinco años, y me afectó mucho. Aunque creo que hoy por hoy muchos se divorcian por nada, en aquel entonces (1974) creo que ambas partes hubieran sido muy infelices si hubieran permanecido juntas.

Aunque parezca una ficción romántica, me acuerdo perfectamente del día trágico, y del sentimiento posterior: «¿Qué coño está pasando?» Papá ya no vive en casa, ¿por qué? No se sabe, no hay explicación. Primer error: me lo tendrían que haber explicado detalladamente a esa tierna edad. No porque era un niño fuerte y lo hubiera encajado bien (en realidad, fui muy llorica hasta entrada la veintena), sino porque lo ESTABA VIVIENDO. Pero por eso de que esas cosas no se cuentan por un lado, y por el otro que todo lo natural no exige explicación, pues hala, a alcanzar tus propias conclusiones.

Al principio, pasábamos los domingos, y luego también los sábados por la mañana, con mi padre. Nos recorrimos media geografía madrileña: Moratalaz, Augusto Figueroa, Alpedrete y, al final, Moralzarzal. Cada vez que mi padre nos recogía los sábados por la mañana, mi madre se despedía por el balcón. Nada más doblar la esquina, mi madre se echaba a llorar. Esto no fue un descubrimiento posterior, sino que lo sabíamos porque mi madre era así de emocional. Y sabíamos que, obviamente, mi madre no llevaba nada bien que nos fuéramos a casa de mi padre todos los fines de semana.

Es curioso que al recordar todo esto sobresalgan las espinas y no tanto las numerosas rosas: la mujer de mi padre, Pilar, que nos quiso como si fuéramos sus propios hijos, al igual que nos quisieron sus padres; el ascenso meteórico de mi madre, que pasó de ser ama de casa a dirigir a 400 vendedoras; una infancia en comodidad (a caballo entre el Paseo de la Habana y un chalet de 500 metros cuadrados construidos).

Pero también se recuerdan las impresiones, posteriormente confirmadas, de que mi hermana y yo éramos el desquite final, un arma en un ajedrez obsesivo. No importa que uno de los dos padres lo hubiera empezado, pero ambos habian caído en ello.

Todo culminó el 6 de octubre de 1979, cuando mi madre nos trajo a Miami sin decir ni pío a mi padre. Estuvimos casi tres meses desaparecidos, y a partir de ese entonces la dinámica no sólo se enrareció, sino que se volvió más intensa. Y, obviamente, dejamos de pasar el fin de semana con papá.

Las repercusiones personales fueron bastantes: sentido de inseguridad, tanto en uno mismo como en los demás. Sentido de irresponsabilidad, fomentado por una madre que quería ser todo (y muchas veces lo lograba), en conjunción con bastante tendencia al escapismo. Y temor, pánico, a ser abandonado.

Mi madre asegura que si mi padre «se hubiera quedado en casa», yo no sería homosexual. Obviamente esto se lo he contestado debidamente, pero es una indicación de cómo se ven las cosas todavía. Hace cuatro años tuve una conversación con mi padre sobre el pasado, en el cual él se eximía de cualquier maldad que podría haber causado en mi vida, pensando que iba a formar un gran debate de culpa al respecto.

No lo formé porque no te puedes perdonar a ti mismo hasta que no perdones a tus padres. Y con el perdón, viene el olvido. Además, ¿quién puede intentar una retrospectiva del descarrilamiento de una familia, desde un punto de vista completo e imparcial? Yo no, desde luego. Una de las razones por las que no hablo mucho de este tema (ni de la obsesión ajena de encontrar un culpable) es porque tengo pánico a infringir sobre las personas. ¿Dónde termina la responsabilidad hacia los hijos y empieza la responsabilidad de que uno mismo sea feliz? ¿Y quién determina dicho límite?

Tras analizar este post, que empezó con un enfoque y ha terminado con otro, mi consejo a los padres divorciados (y a los hijos) es que se tiene que ser claro y no tremendista. Y querer mucho a tus hijos, sin mimarles ni abandonarles. Manteniendo un dificilísimo equilibrio, aceptando que todos somos humanos.

Comentarios ( 4)

Ufff. Esta claro que ver como tus padres se separan, sobre todo si es a muy tierna edad, es una experiencia horrible y que marca profundamente.

Pero como tu dices puede tratarse de distintos modos esa herida. Y dejar que germinen microbios sin nombre no es bueno. Claro que son niños. Es obvio que ese proceso, la separación del pilar de tu vida es dificil de asimilar. Pero no hablar de ello abiertamente...ellos son parte de ello, no se les puede dejar de lado.

Un abrazo.

Juvenal:

Déjame felicitarte especialmente por ese trozo en el que hablas de autorreconciliación y perdón a otros. Ahí está tu victoria.

Roberto(tu primo):

UNO MENOS.
Querido primo,son constantes tus referencias a la incomoda presencia de familiares lectores que coartan tus diatribas virtuales.Eliges una zona en la que seiscientos millones de seres humanos te pueden leer,dando datos y referencias personales sin limites(lo cual teniendo en cuenta el mundo en que vivimos si que me parece preocupante)y te coarta quienes precisamente conocen la mayoria de las cosas que escribes.Paradojas de la vida.
Te sigo dando la enhorabuena,por el impresionate despliegue virtual,a mi me ha servido para enlazar mas de diez años sin vernos,despues de una despedida a la francesa,que al menos yo crei no merecer....si la memoria te es fiel,recordaras que me tuviste de tu lado(y por extension en el de tu ex lo que sea Felipe hasta el ultimo momento.Circunstancia que me costo algun que otro disgusto con terceras personas).
No entiendas que me enfado en absoluto.Yo tengo tu mail y tu tienes el mio.Respeto de verdad tu intimidad y ademas desde cierto punto de vista entiendo que esta, al fin y al cabo tu casa virtual,sea para ti un motivo de evasion y de autoreflexion.Lo unico que no entiendo es por que no lo dices mas claro.
Abrazos primo y ya sabes escribe un mail de vez en cuando.

Monica:

hola a todos: mi nombre es Monica soy Psicoterapeuta infantil, y se tambien del dolor
que se tiene cuando los padres se separan, desde mi vivencia personal y profesional, cuan importante seria que los adultos reflexionaran al hablar del, rol yque ocupa el padre y la madre
no recurdan el momento en que se eligieron?, es desde el respeto, donde uno debe comenzar a transitar asi, de ese modo los muros afectivos no
se rompen, explicar que los adultos cambian es una forma de crecer y elegir, de esta manera, los niños en un futuro podran hacer elecciones sanas
sin culpa pero con responsabilidad y sobre todo por el respeto a esa persona que algun dia elegimos.Y a esos niños que queremos ver felices.

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