Esta mañana, salí del hotel de Las Matas, en las afueras de Madrid, a las 6:45. He llegado a casa a las 22 horas de España, más de 15. A mitad vuelo se me fue el dolor de oídos (me supongo que un bombardeo de gramo de amoxicilina quita tarde o temprano todo), y me sentía bastante mejor.
Estoy desorientado, con la confusión que causa el jet-lag, y con haber dormido tantas noches en un hotel que las fundas de almohada de mi propia cama parecen ásperas. Y ahora me doy cuenta de que nuestra cama huele mucho a madera, son los detalles tan raros de los que uno se percata cuando viaja.
Soy, siguiendo el espíritu inquisitivo de mi primo Roberto, el primero en buscar un balance y un análisis a las situaciones importantes. Por el momento no me atrevo. Es peligroso sacar conclusiones de unas vacaciones al país natal que no has visitado en prácticamente una década.
Por lo cual, quiero volver en primavera. Sé que son nueve meses más, pero es la única decisión lógica y más o menos seria.
