La orden de comparecencia para pertenecer al jurado federal me llegó hace mes y medio. Ayer fui a los juzgados federales, unas instalaciones de unos cuatro edificios en la zona centro de Miami (el Downtown, como decimos aquí). Han enviado cartas a unas 1000 personas, y nos congregamos en un salón bastante grande, que tiene café, té, baños y, curiosamente, cuatro ordenadores con acceso a Internet.
Nos llaman a 15, viene una encargada a recogernos, y vamos a un edificio nuevo, donde cada juez tiene una planta para sí. Nos sentamos en la sección del jurado, y el juez nos pregunta verbalmente los datos básicos: nombre, empleo, edad, antecedentes, has sufrido alguna vez un delito, conoces a policías, conoces a las partes, tienes prejuicios, etc...
Los candidatos al jurado sorprenden: una golpeó a su marido con un martillo y se entregó; posteriormente un novió la golpeó a ella, pero como llegó 2 minutos tarde a la vista, se anuló el proceso. Otra fue diputada estatal, otro un sargento en el ejército turco. Una señora dice que no entiende inglés cuando se pone nerviosa y «now I'm very nervous».
Yo digo que he tratado con policías cuando fui reportero de noticias, que los policías eran mis fuentes. Y que el bufete que representaba al demandante (era por lo civil) era el mismo que representaba al Miami Herald, y en un par de artículos hablé con los abogados. Nada, no hay tutía, me escogen a mí y a otros siete, y comienza el proceso. La martillista, la ex diputada, el ex sargento, la políglota tranquila y dos señores casados no son elegidos.
El caso es relativamente simple: C.S. estaba en prisión preventiva cuando fue agredido en su celda por un sargento carcelario, L.J. El sargento alega defensa propia, aunque admite haberle pegado. Entonces poco a poco se descubren los problemas físicos y mentales del acusador, los que he detallado abajo. Aunque hay un par de cabos sueltos que sabe Dios adónde llevarán, no me permito el lujo de analizarlos. La parte demandante quiere culpabilidad y una indemnización de $25.000. Estamos en un tribunal federal porque la Constitución dice que no se puede abusar de los presos, y el demandante dice que hubo una reacción excesiva.
Me eligen presidente del jurado, y deliberamos abiertamente. Aunque hay un torrente de testigos que no confirman del todo los móviles y reacciones, no hay testigos presenciales, y todo depende de a quién crees. Si a un delincuente acusado por segunda vez por asesinato y con problemas sicológicos, o a un carcelero con una hoja de servicios impecable.
No quería que llegara a eso, pues puedes estar loco y que te peguen en la cárcel, y puedes tener un historial bueno y arrearle una paliza a un presidiario. No son conceptos autoexcluyentes. Pero en vista de la ausencia de toda prueba contundente, fallamos a favor del sargento. Tardamos menos de 45 minutos. Nos quedan dudas, no todo encaja, pero es imposible de demostrar. Si los demandantes no lo han demostrado, no podemos joderle la vida a un funcionario que aunque tiene pinta de ser algo bestia no parece ser culpable.
