El mundo está lleno de idiotas. Así como está lleno de personas que sin ser reconocidas hacen bien a diario, hay también un superávit de energúmenos. Mi pregunta es: Si soy consciente de este dato, ¿no soy yo un mayor energúmeno al dejarme afectar y debatir con estas personas?
Muy probablemente, pero anoche fui incapaz de dejar las cosas estar. Fuimos a cenar varios activistas tras reunirnos semanalmente, y empezamos a hablar de varios temas. Uno, que no me cae muy bien, dice que él es republicano y maricón. Esa lo dejo pasar, pues es patente que es rídículo.
Entonces habla de las armas de destrucción masivas en Irak, y de cómo se evitó un ataque a Estados Unidos. Esa ya no la puedo dejar pasar y le doy mi punto de vista. Todo esto de forma cortés. Y debido a la crespación, se me ocurre comentar que la guerra es un tema casi tan malo como el de Elián González.
Aquí empezó la batalla, y me alegro que hayan cubanos que me den la razón en que, a fin de cuentas, el padre es el que decide. Pero entonces el energúmeno me contesta: «el que no ha estado en Cuba, no puede opinar». Aquí pierdo los papeles, le llamo gilipollas y le pregunto al so cabrón que cuántas veces ha estado en Irak.
Con el puñetero tema de Elián perdí a tres amigos. Claro, tampoco eran ínitimos ni nada por el estilo, pero debido a los comentarios sulfúricos y a mi negativa de callar, nunca los volví a ver.
Durante la reunión, antes de la cena, tres personas me llamaron «fino». No lo soy, porque una de las virtudes de ser fino es permitir que los demás expresen disparates sin decirles nada. Y por lo general no puedo. Soy como Roger Rabbit con lo de «una copita de ojén». Irresistible.
