El martes me pasé leyendo la sección de El Mundo sobre las elecciones. Me chupé, íntegra, el debate en la SER entre Alberto Ruiz Gallardón y Trinidad Jiménez. Me alegro de no poder votar en las elecciones municipales, porque tampoco me convence doña Trinidad.
El caso es que el martes por la tarde, mientras estaba arreglando algo en el dormitorio, me entra el ataquet. ¿Qué hago en esta ciudad que no me gusta? ¿Por qué no me vuelvo a España? En definitiva, es la pregunta que más oigo cuando digo que soy español. Y para la cual ya tengo preparada la respuesta:
Es que ya no soy español. Tampoco soy yanqui porque las cosas aquí no me acaban de convencer, pero mire usted: no me gusta el humo, no soy demasiado sociable, soy una persona que respeta la vida particular, que en cierto sentido no existe en España, cuando vivía en Madrid, la gente se impacientaba si hablaba más de cinco minutos en un teléfono público, obtener los pagos para un trabajador autónomo era un vía crucis mensual, metí mucho la pata.
Y luego mi pareja, que si yo no me acostumbraría, él mucho menos. Aunque me queje, jamás ganaría en España lo que gano aquí, tendría una vida mucho más modesta.
Estas cosas no me convencen. Me deberían convencer del todo, pero el martes se quedan cortas. Me vienen argumentos auxiliares, «no eres ni de aquí ni de allá» «Echas de menos a un país que ya no existe» «Ya has tenido que volver de España tres veces con la mirada en el suelo, ¿quieres una cuarta?» «The grass is always greener on the other side of the fence».
Me vienen las palabras de José Luis, mi antiguo jefe y compañero de fatigas en The Word Factory de Madrid: «esto, chiqui, es como morirse un poco todos los días». Y cuento otro chiste sobre la España profunda.
Generalmente, el alud sirve para ahogar el tema y asfixiarlo de raíz. El martes, reitero, no pude. Y el boquete se quedó abierto, porque en el fondo echo de menos España. Ningún lugar es perfecto para vivir. Pero me da miedo tener esta inquietud, y mucho. Porque no es una especie de veleidad intelectual que cualquier día de estos pueda descubrir de manera inofensiva. Es cambiar un estilo de vida, y con el posible veto de Josh. Y me paraliza. Al igual que me paraliza tener una morriña desbocada.
La zarzuela y el folclor están muy socorridos con esa morriña seminstantánea que tenemos los españoles cuando nos vamos de nuestro país: «Adiós, España querida», «En tierra extraña», el Coro de repatriados, de Gigantes y cabezudos, etc...
Tengo una amiga que se casó con un cubano y se vino a vivir aquí con él, sin conocer a nadie. «Todas las tardes, me sentaba en la puerta de mi casa para ver el avión de Iberia pasar, el vuelo a Madrid. Y me echaba a llorar». Otro amigo, dominicano, me asegura que los inmigrantes españoles llevamos el software dentro, como una especie de Windows XP, que busca volver a España tarde o temprano.
No sé qué voy a hacer, no sé si publicaré este post, lleno de dudas e incertidumbres (bueno, para mí). Quizá se me pase todo esto mañana, quizá en siete semanas, quizá no se me pase, y tenga que vivr con la certidumbre que no se puede tener todo en la vida.

Comentarios ( 1)
Acabo de leer esta glosa del dia 16 de Mayo, y no he podido resistirme a contestarte: PUES VUELVE A ESPAÑA! AQUI TE ECHAMOS DE MENOS. ¿Quien dijo que la morriña tiene que estar siempre equivocada?
Besos
Por Marga | 21 de Mayo 2003 a las 10:24 AM