Anoche Josh, en el último momento, decidió no venir a ver Los novios búlgaros. Era una entrada de un festival, y pude lograr que otra persona la comprara. Pero me sentó mal porque se echó para atrás.
Cuando volvía a casa a eso de la medianoche, juro que me planteé irme a otro lado si todavía estaba despierto, pero luego intenté hacerme el dolido. Soy muy buena víctima cuando me quedo callado y nadie me pide expresar mis agravios, reales o falsos. Pero Josh siempre me da pie para preguntarme que me pasa. Pongo cara de cabreado, y me dice que lo siente, que se sentía mal.
Se me pasa, hacemos las paces, y tenemos un momentito en el que nos abrazamos. Josh está un poco pachucho debido a lo que ha pasado con su hermano, y está planteándose recibir ayuda profesional por la depre que tiene al respecto. Y yo como un idiota, cogiendo un berrinche por tonterías.
Siempre que tenemos «movida» los dos, que no es muy común, mi lado infantil exige que le castigue con acciones extremas. Cosas que no suelen hacerle mucha mella y que lo único que verdaderamente logran es que me dé la pataleta y que él se preocupe por mi salud mental. Mi lado canceriano bueno, el cuidador y mimador, cree que hay que darle amor. Anoche ganó el Cáncer bueno. El canceriano malo, el huraño, ermitaño, resentido y dolido, no salió.
