Ya puestos a recordar, me acuerdo de lo que fui capaz de hacer cuando estaba al borde de la desesperación. Es la primavera de 1991, y en ese entonces sigo enamorado de él. Por supuesto, no me lo admito, pues reconocer no sólo que es un amor imposible, sino que además soy maricón es demasiado. Prefiero posponer esos planteamientos hasta otra fecha.
Me concentro en mi angustia, en que tengo que hacer mella en su vida antes de que venga otra novia de esas tan locas que se busca, y se lo lleve. Y deje de verlo todos los lunes que tengo libres, y deje de pasarme los lunes que libro con él, que son el maná de mis semanas.
Me doy un traguito de ron para coger valor antes de ir a su bar. Ese jueves no hay tanto tráfico por Ocean Drive, y puedo aparcar sin muchos problemas. Me siento en el bar, se sorprende un poco al verme, pero me sonríe. Siempre me saluda con un «¿como estás», que todavá parece genuino. Le respondo que tirando. Me coge del brazo, con ese gesto seductor que tiene, y dice «¡anda!» Me digo que es un payaso, y que está medio loco, y que lo quiero como a un hermano. Lo último es patentemente mentira. Pero es la ficción que me permite seguir, que nos permite tanta proximidad.
Pero ya hemos transcendido esa barrera de intimidad que tienen los amigos heterosexuales para entrar en algo más profundo, más cool como diría él. Más miserable, como diría mi yo profundo.
Me siento en el taburete, donde hemos perdido tantas noches hablando idioteces, yo fingiendo novias, intentando distinguir las tetas y culos de mujeres buenas, para alabarlas. He ensayado la mirada de borracho libidinoso tan bien, que hasta yo me la creo.
Hablamos de tonterías, no profundizamos en temas, pues tiene a otras amistades, competencia por su atención, sentados en la barra también, y no me puede dedicar mucho tiempo.
Si yo fuera lógico, intentaría poner el listón de nuestra intimidad más alto todavía, con una caricia sugerente o una mirada indiscreta. Pero qué me digo, si fuera lógico sabría que es imposible, que pese a las palabras seductoras, a sus «caltris» constantes, es mujeriego porque le gusta, porque es su naturaleza.
Por lo cual, me remito a pasarme noches enteras aquí, oyendo su dulce acento madrileñodominicano, a mitad camino entre Chamartín y Piantini. A mentirme a mí mismo y, por supuesto, a los demás. Mientras me quedo pensando en la encrucijada, en lo patético de mi situación, se da cuenta de mi preocupación. Me coge del hombro, «¿qué te pasa, Iñaki?»
La verdad es que soy idiota, me digo internamente. La verdad te hará libre, me dice mi conciencia. Pero hace tanto tiempo que no cuento la verdad que probablemente ni me acuerde cómo se tiene que decir.
Por lo cual me decido a inventarme un tema con M, la amiga fantasma que se ha convertido en novia ficticia. M apenas ha colaborado, involuntariamente, en un par de ocasiones para fomentar la mentira. Pero me he valido de la fricción de esos dos momentos para contar la súper trola: que a ella le cae muy mal él, que está muy celosa. Es una explicación perfecta, me digo. Por eso no paso los sábados por su bar, porque estoy con ella. Ya llega un punto que de tanto repetírmelo casi hasta me lo creo.
Cuando concluye su turno, a eso de las 12, nos vamos a otro bar, a jugar al futbolín y a contar chistes. Creo que he bebido ya 8 copas esa noche, y le oigo decir a sus amigos «Iñaki está hecho de hierro».
Sonrío internamente: me quiere, me quiere. Aunque sólo sea como amigo del alma, como primo de cariño o como hermano, no importa cómo lo definamos esa semana. A eso de las dos vamos a su estudio, en un pequeño edificio de apartamentos en la calle 8 y la Avenida Jefferson de South Beach.
Aquí en su espacio todo huele a él, aun con el perpetuo hálito del tabaco: los sillones, su ropa tirada por todas partes, su colonia. Esa colonia, Stetson, que todavía compro porque me recuerda a él. Un recuerdo de cómo me he dejado llevar por la atracción. Los amigos se han ido, estamos solos. Me ve cara de consternado, se cree que la cosa es seria. Lo que verdaderamente es serio es el problema en el que me voy a meter. Pues ya he mentido tanto que no me queda otra salida, salvo que se descubra el nada apetitoso pastel, que seguir con los cuentos chinos. Y cada vez tienen que ser más audaces.
Sacamos una botella de vodka, una gordota de Absolut, y empezamos a beber. Estoy borracho, pero creo que en otra vida he sido ruso, pues tengo un aguante increíble. Mi autocontrol es tan grande que logro mentir bien aunque esté beodo y todo. He decidido poner a prueba las dimensiones de la ficción, y decirle que me quiero mudar con M, que ella no puede más con sus padres. Que no tenemos mucho tiempo para nosotros (PORQUE YO ME ESTOY PASANDO TODO EL TIEMPO QUE PUEDO CON ÉL), que queremos más libertad. Entiende perfectamente, seguimos bebiendo, él sigue fumando. Yo, desde que tuve bronquitis capilar a los tres años, soy hipersensible al humo; pero me he acostumbrado. Hasta me gusta, casi.
Subconscientemente quiero preguntarle si me puedo quedar a vivir con él, pero es obvio que no, por las razones expuestas. Por lo cual, le pido que si M y yo nos podemos quedar unos días en su casa, mientras conseguimos apartamento. Por supuesto, contesta. Todo lo que haga falta. Pero no te creas que vivir con una mujer es fácil, me dice. «No van a tener sexo todos los días, a veces ella está con la regla».
Empezamos la botella con dos terceras partes llenas, ya la hemos vaciado; son las cuatro de la madrugada. Mañana tengo que estar en el trabajo a las ocho y media. Quizá todo ha sido un mecanismo subconsciente para coger valor y aprovechar la inhibición etílica para soltar prenda. Para decirle que le quiero, que no puedo seguir así, que no puedo esconder mis celos, que me muero de soledad. Que quiero estar con él a todas horas, que ya lo sexual, bueno, lo consigo en otro lado. Pero en vez de eso, me las he apañado para aumentar la fábula, y encima disipar cualquier duda que él hubiera tenido, pues una persona tan borracha no puede mentir, y mucho menos inventarse el señor farol que me acabo de marcar. Curiosamente al salir de su casa me siento bien, pero al llegar a la mía y a mis realidades me siento fatal.
Me quedan 15 meses más de esto, y ni siquiera lo sé. No me puedo plantear que esto acabe mal. Tampoco me puedo plantear que acabe bien, tan sólo quiero que siga así. Y con una banda sonora y todo.
Postdata/update: No sé muy bien por qué he contado todo esto. Quizá haya sido que fue hace 12 años por estas fechas, con Guerra del Golfo acabando. Quizá para ver las idioteces que hice y el tiempo que perdí. Quizá para darme cuenta de lo mucho que he cambiado y mi vida es distinta. Quizá para demostrar el poder corrosivo del armario. Y un poco, sin duda, para confesarme.
