>Hoy están de visita unos mandamases por la oficina, y nos han pedido que arreglemos nuestros puestos de trabajo. La circular es un poco ridícula, pues parte de la base que somos una panda de dejados y que los jefes aprecian el orden. Aunque reconozco que no trabajo mucho (algo que se puede intuir tras ver esta preciosa web), tampoco me rasco los atributos todo el día. Y claro, tengo mi mesa hecha un basilisco: papeles puestos mal, fotos a medio caer (tengo una del Gran Cañón que en este momentó está colgando precariamente a un ángulo de 35 grados).
Soy un dejado. Mi coche, mi precioso coche, es un desastre, lleno de papeles y bolsas. Y si me paso un par de días sin abrir la capota, los que van detrás mío en la autopista se llevan a veces desagradables sorpresas. Por último, mi oficina en casa es una zona de guerra. Literalmente. No tengo el gen del orden. Esto me preocupaba mucho hasta que conocí a Olga, mi editora y casi casi patrocinadora en el periódico. Además de editar muy bien, Olga era otro desastre. Tenía su mesa llena de libros, de carpetas, de documentos, de todo. Parecía que había sido registrada varias veces por algún ladrón que buscaba dinero.
Claro, mi mesa en El Nuevo Herald se convirtió en algo peor, pues recibía una media de 200 fax al día (entre las muchas cosas que hacía, una era editar el calendario). Y al final de la semana, mi mesa estaba esparcida con todo tipo de papeles. Uno de los lectores de este blog puede constatar el desbarajuste constante en mi mesa. De hecho, tengo una foto en la que estoy alzando los brazos y detrás tengo al fax escupiendo papel a mil por hora. También se puede ver a Olga, de espaldas, probablemente reescribiendo su columna del domingo.
Olga me quería regañar por mi desorganización, pero no tenía fuerza moral para hacerlo. Además, sabía perfectamente que por regla general, el que tenga más desastre y desorden en una oficina, es el que más trabaja. Haz la prueba en un banco o ministerio y verás, casi nunca falla. Pero entre las muchas cosas que me enseñó Olga (entre ellas a recopilar información para documentar los escritos y a nunca dudar de que no tienes la verdad absoluta), fue que un lugar de trabajo en perfecto orden es señal de trastorno mental (si es que no es por razones de inactividad). «Las personas que tenemos la cabeza arreglada, tenemos el desorden fuera. Las que tienen lo de dentro desorganizado, son organizados por fuera». Aunque por una parte me digo que no tiene ni pies ni cabeza, me encanta esta teoría. La apuntaría en un cartel, si es que puedo encontrar papel y un boli entre este desastre...
