El puente de semana de Memorial Day (el último lunes de mayo) voy a hacer un viaje relámpago al Gran Cañón. Salgo el viernes por la noche, llego a Las Vegas a la medianoche, y vuelvo el martes de madrugada. Una señora paliza, pero como tengo poquísimas vacaciones (10 días hábiles al año), tengo que sacarle jugo a todos los festivos disponibles. Quiero visitar un mirador remoto, Toroweap, donde dicen, que a diferencia que el Borde Sur que visité en enero del año pasado, hay una pared que cae mil metros en picado hacia el río. Ese es mi plan para el sábado 24. Para el domingo 25, quiero visitar el borde norte ya dentro del Parque Nacional, donde dicen que las panorámicas son mejores que las del borde sur. El lunes por la mañana, una escapadita por las espectaculares cuevas de Antelope Canyon, y ya de vuelta a Las Vegas, un garbeo rápido por el PN de Zion.
A estos sitios suelo ir solo, más que nada porque a Josh no le gusta viajar de esa manera («no voy a pasarme un fin de semana viendo un grieta en el suelo», me comentó ayer; en materia de viajes no somos muy compatibles). Pero soy muy carretero, muy de ponerme al volante y chuparme kilómetros. Y muy amante de la naturaleza de la montaña, a la cual, desde esta tierra de pantanos y palmeras, echo mucho de menos. Cuando vivía en Madrid, en dos horas estaba en otro lugar distinto, lejos de la ciudad. Aquí, en tres horas no he llegado ni siquiera a Orlando, el centro de este indeseable estado. Cuando me mude de una puta vez de aquí, y me queje del frío y de la nieve, ruego que se me recuerde esto.
Mientras tanto, recuperado de la pataleta du jour, me voy al Gran Cañón en 45 días.
Nota sobre la guerra. No me he olvidado, pero por cuestiones de salud mental, he decido recibir el menor número de noticias posibles. Descubrir que trabajas con un nutrido grupo de protofascistas a los que se les cae la baba cada vez que ven un tanque de EE.UU. por las calles de Bagdad es demasiado. Es sencillamente superior a mis fuerzas.
