Anoche me llama XYZ desde el centro de detención para inmigrantes a punto de ser deportados. No me suelo acostar muy tarde, pero el caso que a las 10:30 estamos en las garras de morfeo. El teléfono suena a las 11 p.m., y debido al sistema de filtración de llamadas, se oye la grabación de la voz de XYZ. Como estoy aturdido, aprieto la tecla que no es, y la llamada se corta. Bueno, me digo, me dejará un mensaje. A los tres minutos vuelve a sonar el teléfono, y reconozco que cabreado, rechazo la llamada. Pero, increíblemente, no se rinde. Y vuelve a llamar por tercera vez. Toda una falta de respeto.
Debo aclarar que no tengo mal genio, pero a lo largo de nuestra corta pero ajetreada historia he perdido las riendas con XYZ más que con nadie, porque me repatea su falta de consideración disfrazada de ignorancia. Contesto el teléfono.
XYZ: Hola, soy XYZ. Perdona que llame tan tarde, pero no pude llamarte antes.
Yo: Es muy tarde.
XYZ: Sí, perdona, pero no había comunicación antes. Y no quería llamar mañana porque a lo mejor estabas de fiesta.
Yo: Estás llamando muy tarde.
XYZ: Y ya te he pedido perdón.
Me siento tenso, estoy furioso porque me ha despertado, y no parece salir del «perdón». Pedir perdón a veces sólo llega hasta cierto punto. La Iglesia Católica, con la cual no estoy de acuerdo en mucho, tiene una regla que comparto: negar absolución a quienes confiesan su pecados, y aunque parecen penitentes, reinciden. Pero estoy cabreado por cosas que pasaron hace ya 8 años y medio, y cosas que veo que se repiten.
Entonces me digo que el tío lleva más de cuatro años en la cárcel, que lo deportan el martes, que aunque sea un malaje, en fin, está solo. Josh duda que esto sea sano, me da a entender que estas llamaditas deben parar por mi propio bien. Y es cierto. Pero se va el martes, esta será la última. Mañana le voy a visitar en Krome.
Creo que me dejo arrastrar por estas cosas porque me aburro, veo que mi vida está más o menos resuelta y me aferro a personas que tienen problemas. Me pasó con Felipe y me está pasando con XYZ. Si en el fondo, me digo, me cae mal.
He hablado dos veces más con XYZ, y lo que me sorprende es la ausencia de todo arrepentimiento. «Me han jodido, me han hecho polvo». Eso es cierto, pero si no eres capaz de meditar por qué has acabado en la cárcel, si todo es culpa ajena, entonces no te ha servido de nada estar detrás de las rejas por casi un lustro. Ahora cuando vaya a Milán lo que le preocupa es ligar. No sé, quizá todo esto sea un recurso para sacar cabeza y sobrevivir la situación actual, pero no sé, no lo parece.
