Confieso que me quería perder la visita a XYZ. Total, el centro de detención de Krome está a 50 kms. de mi casa. Y confieso que me quedo pegado al televisor viendo una parte de Billy Elliot que ya he visto varias veces. Salgo con el tiempo justo, y a mitad camino tengo una crisis de conciencia. «¿Para qué voy a ver a este tío? ¿Por él? Si no se lo merece. De Benigno [Hable con ella] no tiene ni el nombre». Pero sigo.
Llego por los pelos, pues la Calle Ocho, que lleva al centro de detención, está en obras, y el tráfico está imposible. Las visitas al centro las tienen muy organizadas y regimentadas. «Sólo se pueden entrar dos cosas: dinero (un máximo de $10) e identificación», te explican al llegar a un cobertizo a las puertas del recinto. Lo demás es contrabando y será confiscado y la visita se dará por concluida en el acto. La cartera hay que dejarla en el coche, y las llaves con el conductor del autobús que te lleva al centro en sí. Le pregunto a la agente que si puedo llevar una foto, y me contesta: «ya te he dicho las dos cosas que puedes entrar»
Tras cacheos, registros y esperas, por fin me siento con XYZ. Es algo curioso, los tienen vestidos con un mono naranja, encerrados con mesas de merienda. Los reos están dentro del círculo que forman las mesas, las visitas fuera. Nos sentamos como si fuera un picnic. Lo primero que me suelta XYZ es «¿qué te ha pasado en el pelo?». Se refiere a mis canas, no me sienta bien que me lo diga, pero en fin, lo dejo pasar.
Me cuenta todos los delitos con más detalle (son más sórdidos y complicados de lo que parecían), y se arrepiente, pero no se arrepiente. «No tengo otra persona a quien echarle la culpa más que a mí». Acto seguido, llueven los eximientes y atenuantes.
XYZ me dice algo que me llama la atención: «Me he vuelto más fuerte, me he dado cuenta de lo que soy capaz, me he conocido más. Ojalá no hubiera tenido que pasar cuatro años y medio en prisión preventiva para darme cuenta. Ahora que salgo, no me va a parar nadie».
Y eso que sale sin ningún oficio que cotice en Italia, sin conocer el país o el idioma. Y piensa eso. Siempre me ha marivllado el optimismo desbordante, pero algo me hace pensar que esta vez va en serio. Ojalá. Pero es una buena meditación.
