Josh estará en Orlando hasta el miércoles, y me ha encargado el cuidado de los peces de su acuario. Cualquiera se haría cargo de eso sin problemas, pero soy un despiste. La semana pasada, mientras estaba en Arizona, me pasé tres días sin dar de comer a los pececitos, que milagrosamente sobrevivieron. Ya me siento culpable y les doy de comer todos los días, les hago compañía, pongo la tele, les leo un libro (no les gusta mucho Melville)...
A los tres perros que tenemos les cuido mejor. Primero que nada, son un poco difícil de olvidar, se ponen un poco pesados cuando no comen, y como tenemos un jardín muy majo y vallado, pues salen ahí. Tenemos tres perros, los tres más o menos callejeros: Ellen, mezcla de pastor alemán; Louie, mezcla de Doberman y Rottweiler; y Eliza, mezcla de Chow y dragón. El mas manso es Louie, y por mucho. Es un perro inmutable y todo un pelele: se deja abusar por sus dos compañeras, que le quitan comida y huesos sin problema alguno. El pobre Louie pone cara de circunstancias, es muy sufrido.
Ellen es más sicótica, se pone contentísima cuando viene visita, pero a los 20 minutos está en rincón, con cara de perra (claro) que ha sido despreciada. Por su parte, Eliza está loca de atar. Fue abusada anteriormente, y se nota. A veces no sé si me va a lamar, acurrucarse a mi lado, echarse a correr o amenazar con morderme. Y eso que lleva ya cinco años en casa, y nunca la hemos pegado. Eso sí, es una perra de ataque in excelsis: cuando te ladra, saca los dientes y se le pone el pelo de punta, te cagas.
Un amigo me dice que le da miedo algunas parejas gay, que subliman su amor parternal/maternal y lo dirigen hacia sus perros: «cuando ves que les hablan como si fueran personas, me da miedo. Creo que hasta se acuestan con ellos». A tanto no hemos llegado, lo aseguro.
