La abuela de Josh es una de esas mujeres que ha vivido todo tipo de desgracia. Se casó con un marinero mercante, y al poco estalló la Segunda Guerra Mundial. Vivió de puerto en puerto, según destacaban a su marido: Maine, Hartford, Seattle, Oakland, Los Ángeles, Nueva York. Se pasaba largos meses no sólo sin verle, sino además sin saber nada de él. Después vino la Guerra de Corea, y su marido estuvo casi dos años fuera, mientras ella criaba a su hija recién nacida.
Se establecieron en Miami en 1956, ya cansados de deambular. Pronto su marido se dio al alcoholismo, y vio cómo su propia hija empezó por ese camino. Su orgullo era su hijo, que se hizo agente de policía. Mientras, su propia hija tuvo cuatro maridos y seis domicilios diferentes en menos de siete años. Irónicamente, tras sobrevivir su marido dos guerras mortecinas, mataron a su propio hijo en acción mientras intentaba mediar una reyerta. Poco antes se había muerto su marido.
Criada en una familia profundamente racista y conservadora de Kentucky, vio a su nieto salir del armario, pero aunque desaprobaba, le cobijó cuando la situación entre él y su madre se volvió insostenible. Ayudó a su nieto, dentro de lo que cabe, todo lo que pudo. Fui el primer (y el único) novio de Josh que le cayó bien; no sé por qué me dio por bromear con ella la primera vez que nos conocimos, y desde entonces nos llevamos bien.
Ahora está ayudando a su nieta y biznieta, ambas viven en su casa a raíz de una separación. A ella le repatea, porque ya a sus 88 años no está para esos trotes. Pero echa pa' alante. Ayer le pregunté cómo se las apañaba para seguir, después de todo lo ocurrido con su nieto más joven: «No queda otra opción. No es que se pueda hacer otra cosa», comenta en su acento sureño. Y es verdad, este mundo puede ser un valle de lágrimas, pero no tenemos otra opción que aguantar el chaparrón y seguir empujando.
