Justin, el hermano de Josh, está de buen humor. Por ahora esto es lo que se sabe: tiene la primera vértebra lumbar pulverizada, y hay daño neural en la columna vertebral; no se siente las piernas. Tiene una laceración en el hígado, y los médicos prefieren que eso sane antes de intervenir, aunque verdaderamente no hay mucho que hacer. Tenemos a gente que no ha rezado en su puñetera vida, rezando.
Aunque es una situación muy distinta, todo esto me trae memorias de mi hermano Hugo, de cuando estuvo en el coma. De cómo mi padre, ateo confirmado, decidió bautizarlo «porque no se sabe si va a funcionar o no». En ese entonces, decidí montarme en un avión para ayudar (yo vivía en España, y Hugo estaba ingresado en Hollywood, cerca de Miami).
Tanto en ese entonces como ahora, nos toca la insoportable espera, que en los pasillos de un hospital se puede hacer eterna. Y en una casa u hotel, casi imposible de llevar. Examino mis dos reacciones, 1992 y ahora, y ninguna es superior. Todo se trata de esperar, en una con la información inmediata de que no hay nada nuevo, en la otra con la información en diferido.
El accidente ha ocurrido porque se toparon con una capa de hielo, inesperada, por supuesto, en la carretera. Conducía el padrastro, y se salieron de la calzada. Volcaron. Justin no llevaba abrochado el cinturón de seguridad.
