Anoche estaba en SAVE, donde entre otras cosas les estoy echando una mano remodelando la web. Aunque la directora quería un fondo de azul pálido, yo le dije que prefería uno blanco, que es más legible. «¿Estás seguro de que eres gay?», me contesta bromeando. Y en parte tiene razón, de moda no sé ni un comino (tengo un cyberfriend, Carlos, que es un portento de la moda y siempre me avergüenza con mi ignorancia), hace tanto tiempo que no tengo una casa, coche y oficina ordenada que ni me acuerdo de haberlos tenido simultaneamente, o por lo menos mayoritariamente.
Pero sí soy maniático para dos cosas. La primera es los productos de higiene personal. Josh es muy permisivo con esta manía, pero se ha fijado en que he comprado 12 pastillas de jabón francés. Me pregunta que si no tengo suficiente jabón, y me recuerda que debajo de la pila de la cocina hay un «zulo» de unas 10 pastillas que no caben en el armario del baño. Eso hace un total de 29. No soy como Melvin de As Good as it Gets, por lo menos todavía no: utilizo todo el jabón hasta que se acabe. Al lado del jabón tengo tres botellas de champú sin usar aún. Y un poquito a la derecha, cuatro barras de desodorante (tengo la neura de comprar más desde hace un par de semanas). Y luego como 10 frascos de colonia de distintos tipos.
Eso tampoco quiere decir que me duche tres veces al día (la mayoría de los días, una va que arde), y a veces espero hasta la tarde para ducharme.
Otra manía son preparar los viajes hasta el último detalle posible, con planos, lecturas e información. No me quiero saltar nada ni me quiero perder. De hecho, para mi viaje al Gran Cañón de dentro de un mes, me voy a comprar un mini GPS para no perderme. Aunque me gusta viajar solo, me estoy dando cuenta que es un poquito arriesgado hacerlo en este viaje, voy a meterme por caminos del desierto apenas transitados.
Pero bueno, por lo menos iré con bastante desodorante...
