Anoche Josh volvió de Orlando, cansado y con un dolor de espalda enorme. Me quité la alianza para darle un buen masaje, y parece ser que cayó entre uno de los recovecos del dormitorio. Total, que esta mañana me he levantado y no he encontrado el anillo, y he salido de casa sin él.
J.R.R. Tolkien sabía lo que decía con su dichoso (y voluminosísima literatura alrededor del) anillo, pues los humanos les atribuímos poderes supernaturales. Hoy el anillo, o mejor dicho, su ausencia, me ha hecho sentirme desnudo ante el mundo. Nadie se debe de haber percatado del detalle, ni el propio Josh, pero no me he sentido completo en este día. Espero encontrarlo.
Esta alianza es de nuestra boda de 2001, antes llevábamos simples anillos de plata en la mano derecha para indicar nuestro «noviazgo», por así decirlo. De hecho, Josh perdió el suyo y nos compramos juegos nuevos. Cuando se fue a vivir a Dallas, me puse el anterior y el nuevo en el mismo dedo. Una compañera de trabajo me preguntó que si era viudo. Los viudos, según ella, suelen llevar la alianza de su pareja junto con la propia. Muy morboso todo, e irónicamente, indicativo de cómo me sentía en esos momentos.
