Estaba terminando de escribir algo muy informativo, con muchos enlaces como referencia webliográfica hasta que esta mañana ocurre un accidente. Se me cae un vaso de agua sobre el teclado, y no sólo deja de trabajar el teclado, sino todo el ordenador.
No había archivado lo que escribí (cualquiera diría que 11 años trabajando con Windows 3.1 y herederos no me ha enseñado nada), y lo pierdo. No me costaría mucho reescribirlo, pero el tema es algo tostón, y hoy quiero ser ligero como una gacela. Por lo cual, nada de Ana Botellas, Husseins, Bush, mi abuela o tan siquiera Josh, que ha creído que el vertido de agua es un complot para evitar que él trabaje en el ordenador.
Anoche me pasé dos horas y media viendo la tele. Esto es noticia porque a diferencia del ordenador, veo poquísima televisión, y por lo general prefiero a su hermana mayor, la radio. El caso es que teníamos los programas grabados y uno de ellos, Los Simpson, se está apañando para tener buenos episodios otra vez; en la comedia más longeva de la televisión estadounidense.
Aunque últimamente cojean por tener tantas restricciones (los mismos personajes de siempre en un entorno limitado en el cual, teóricamente, no transcurre el tiempo), el episodio del domingo es genial, demuestran una vez más por qué son el ataque más mordaz e inteligente de la cultura norteamericana. Bueno, vale, es cierto, hay ataques más mordaces, pero ninguno adquiere el nivel de audiencia de Los Simpson.
Después, Six Feet Under, que se está convirtiendo, junto con Los Simpson y West Wing, en uno de mis programas favoritos. En el episodio, David y el delicioso Keith deciden ir a una terapia de pareja. Las situaciones y los sentimientos están tan bien descritos que me veo en el lugar de David, el sensible que a veces se inhibe por temor a la reacción del volátil Keith. Es el prototipo perfecto de la relación que tiene alguien fácil de herir por un lado (y tan, tan retraído que seguro no le cabe un cañamón por el culo) y a una persona natural y algo brusca. Se quieren pero no se entienden.
Y luego empieza la tercera temporada de Queer as Folk. Lo dejé de ver por un tiempo porque todos, absolutamente todos, son una panda de maricas materialistas y superficiales. Los esterotipos están a tan flor de piel, que me irritan, aunque intentan enviar el mensaje timorato de «somos gay, hacemos lo que queremos, y somos leales a nuestros amigos». Aunque todos los personajes importantes son homosexuales, no me identifico con ninguno de ellos, unos por tontos, otros por mezquinos y todos por salidos. Y no digo esto a la ligera, pues tengo una filosofía un cuanto liberal en cuanto a la promiscuidad (un promiscuo es alguien que folla más que tú), la obsesión sexual es sencillamente demasiado, hasta para mí. Y el egoísmo, frivolidad y fatuidad que se viven a chorros... Además, dan ganas de matar al personaje de Brian, por lo altivo e imbécil que es. Obviamente, lo veo otra vez por morbo, como me imagino que quien lo tenga y lea esto, también tendrá ganas de echarle un vistazo. El caso es que Brian por fin recibe un poco de su merecido. Volveré a verlo por razones de sadismo.
