En una medida para paliar el cultureshock del futuro viaje a España, grabo a Josh un documental del Travel Channel que me suponía iba a hacer un recorrido por las maravillas ibéricas. Pues no exactamente, empiezan bien, con los Moros y Cristianos de Calpe, pero luego le dedican un episidio completo a la Inquisición y al convento donde nació Isabel la Católica. Muchas ruinas y muchas monjas. Y dan, con lujo de detalles cómo el Santo Oficio torturaba. Después pasan al tema de Cristóbal Colón, hablan brevemente de los muchos indígenas que murieron, para pasar por Trujillo y contar con lujo de detalles el marrón que Pizarro hizo a Atahualpa.
Después regresan a Segovia, cubren la fiesta de San Frutos, y luego empiezan con la Guerra Civil. No sé por qué eligen el asedio de Toledo, y posteriormente dos ex combatientes del Lincoln Battallion que cuentan anodinamente lo mal que se estaba en las trincheras. Y ya acabando, llegan a la transición, pero eligen nada menos que el 23-F, con imágenes de Tejero y todo, como referente. Entrevistan a una diputada que pudo salir del hemiciclo ese día porque estaba embarazada. Esa, una breve mención a la Plaza Mayor, «construida para quemar a los herejes», es lo único que se dice de Madrid. No se habla de Barcelona, Valencia, Sevilla, Bilbao...
Tras 58 minutos de angustia, de violaciones de derechos humanos, provincialismo mezquino, brutalidad innecesaria, supersticiones anticuadas y ríos de sangre, de repente todos los catedráticos que han explicado y detallado las barbaridades, y la diputada, se ponen de acuerdo y mencionan que hay bellos paisajes, bonitos edificios, buena gente y riquísima comida. «Pero no cuenten nuestro secreto, porque entonces querrá venir más gente», sentencia la diputada encinta. Que no se preocupe su señoría, que si siguen editando los documentales así, nos va a bastar con que no nos expulsen de la ONU.
La historia de España es sangrienta, pero nadie menciona los miles de íberos que fueron masacrados por los romanos, que les congregaron para darles tierra (y acabaron poniéndoles bajo tierra), ni de las atrocidades napoleónicas, ni nada. Somos los malos, y menos mal que ahora estamos un poquitín más civilizados.
