Cada día que me levanto para ir a trabajar, me siento menos motivado Y es casi como estar en una jaula de oro, pues no me pagan mal, y en el fondo soy tan rápido que logro encubrir cualquier desentuerto. Pero no me siento inspirado. Y me temo desgajar más y más, convirtiéndome en un autómata que evita ir al trabajo lo más posible. En peor medida me ocurrió con mi padre, y en una de las ocasiones más desperdiciadas de mi vida, cuando fui reportero de noticias para El Nuevo Herald, el principal periódico en castellano de Miami.
Me hicieron reportero sin comerlo ni beberlo, pues me canjearon por otra persona en la sección de Noticias Locales (yo estaba en Espectáculos). En un principio me pareció buena idea, pero no me di cuenta de dos factores importantes: a. Que no sabía redactar bien un artículo de noticias. b. Que era muy tímido para ese ramo. Los resultados no sólo fueron desastrosos, sino que me inhibí y empecé a sacar enfermedades sicosomáticas, agotando mis días de enfermedad para mediados de junio. Cubrir asesinatos, robos, manifestaciones, declaraciones de oficiales y muchos obituarios no era lo mío. Escribía, como siempre, demasiado deprisa sin revisar mi contenido. Mis fuentes no eran buenas, mis artículos secos y desganados. Nunca supe lo cerca que estuve de perder mi trabajo, pero creo que fue un tris. Era una ocasión buena, pero nunca la aproveché, en parte porque no vi como oportunidad ser reportero «serio» en un lugar tan variado como Miami, y también porque no me interesaba.
Los expertos dicen que el lado izquierdo del cerebro controla los asuntos más prácticos, y el lado derecho los más creativos e intangibles. Creo que en esas ocasiones de desazón, el lado izquierdo vence pero no convence al derecho, que se dedica a la resistencia pasiva. Pero ahora, ironías del destino, echo de menos el periodismo. Más como editor que como redactor, como tal, repito, soy demasiado rápido. Muchas veces me tengo que reprimir y no publicar inmediatamente, y leerme lo que he escrito. En numerosas ocasiones veo anotaciones de hace dos años, y veo que falta una tilde, que hay redundancias como la copa de un pino o que una frase sobra, y me pone mal. Me pone mal porque en teoría escribo mejor, en teoría sé por qué «por qué» lleva tilde.
Bueno, pues tendré que apechugar, porque estas cosas uno las pone exaltado, y luego al leerlas un par de horas después, debidamente desahogado, parecen demasiado dramáticas.
