Reconozco que el comentario me piílla de sorpresa, y me hace dudar. Lo dice A., que me ha escrito.
«Las relaciones homosexuales fracasan en su gran mayoría».
Como vengo de una familia donde las relaciones, de cualquier persona no son precisamente un mar de estabilidad, me lo tomo un poco a la defensiva.
Antes que nada, la pregunta es un poco espuria, porque hay situaciones muy diferentes de apoyo. Perdón por la burda generalización que sigue, pero alguien lo tiene que decir.
Fulanito: Conoce a su chica en el instituto, llega el día que salen con los amiguetes, se hacen novios, la chica conoce a los padres, y fulanito a sus posibles futuros suegros, y la cosa puede que marche bien o no, pero fulanito no sólo tiene una red de apoyo mucho más amplia (al menos que no sea una situación de las normales, casi todas las estructuras sociales fomentan el noviazgo y si es posible, el matrimonio. Si van cogidos de la mano, la gente comentará: «vaya par de tortolitos. ¡Qué pareja más bonita!» Aún así, entran como en todo, problemas de incompatibilidad. La tasa de divorcio es altísima para la gente joven, y la de abuso doméstico también. Pero Fulanito siempre puede ir a donde sus padres o hermanos (es toda una hipótesis generalizada, lo sé, pero no deja de ser válida para este ejemplo). La familia y amistades por lo general echará una mano para ayudar.
Veamos lo que le pasa a Menganito:
Conoce a su chico en una discoteca, pues hablemos claro, es mejor conocer de persona y por muy espirtual que se manifieste, no quiere estar con ningún adefesio. La situación de por sí suele ser un problema para la red de apoyo de Menganito: a la madre hay que traerle sales cuando se lo cuenta, el padre, si no está furioso, revive viejos prejuicios y reza para que el novio de su hijo no tenga plumas. Ambos esperan que no se enteren los vecinos, y que algún día venga la chica ideal para Menganito y que se olvide de esas mariconerías. Hay otros casos factibles, como que los padres no sepan nada, o muestren su absoluta hostilidad. También, menos común, la aceptación incondicional. Los amigos suelen ser un poco envidiosos, pero brindan apoyo si pueden. Las estructuras sociales no fomentan el noviazgo, porque como dice la señora de nuestro presidente, «no son una familia de verdad». Si se cogen de la mano por la calle, muy probablemente oigan o vean el oprobio ajeno. Y el algunos barrios no tendrán, sensatamente, los huevos para hacerlo. Pero además, hay otros problemas, el novio no está fuera del armario, se resiste a formalizar la pareja. Además, sigue yendo a la discoteca, donde prefiere un polvo sin ataduras que no le obligue a tomar decisiones como salir del armario y dejar de ir a la discoteca a conocer a chicos. Las amistades de B, mitad monjas ursulinas, mitad soldados del cotilleo, le cuentan las andaduras de su amor con lujo de detalles. Y la conclusión: «¡Déjalo!» La madre, si se entera, sonríe para sí mientras consuela a su hijo: «¡qué vida tan difícil has elegido!»
Repito una vez más que todo esto es una generalización, pero he visto y vivido lo expuesto. Mi padre, que fue lo más liberal y comprensivo con este tema, lo primero que me dijo fue: «es una vida tan solitaria».
Por lo cual nos enfrentamos aquí no solo ante una verdad, en tiempos en los que hay menos voluntad general para hacer funcionar las parejas, sino que hay una sociedad entera que se compadece de nosotros. Y hasta aquí parecería que yo lo hago también.
Pero ser homosexual representa también ser iconoclasta. Y no ir contra la corriente porque el mero hecho de ser rebelde, sino porque es lo que te ha tocado. Por lo cual, el miedo no te puede paralizar. Es bueno tenerlo, pero si te dices que es imposible conocer a nadie que te haga feliz, la vecina del quinto, la sra. Botella y el cura de la esquina han ganado. Porque, aunque parezca mentira cuando estás metido en la fosa de la más triste soledad, siempre hay alguien. Siempre. Quizá no sea un príncipe azul, pero sí alguien que te quiera por quien eres, alguien que te respete y alguien que comparta tu fragilidad, o por lo menos la proteja. Y eso, amigo vale más que cualquier príncipe azul (al menos que se llame Felipe y tenga casa propia cerca de El Pardo).
No te engañes, no va a ser fácil, pero no por ello es imposible. Y ahí radica la diferencia.
