Comentando El pianista con Omar, me explica la historia de un director de orquesta judío que interpretó a Wagner por primera vez en Israel. «Yo no lo hubiera permitido».
Es cierto, Wagner era antisemita (cada vez que le tocaba dirigir una obra del converso Mendelssohn, lo hacía con guantes, para luego dejarlos tirados en el suelo). Pero Wagner, aunque era un hijoputa de solemnidad, nunca mató a nadie.
Te puede caer mal y no escuchar su música. Tristán e Isolda siguen siendo espectaculares, al igual que Las valquirias o Los maestros cantores de Nüremberg. Para mí el resto de su obra (salvo algunas excepciones de El anillo de los nibelungos) es una castaña. Pero es un genio operático. Si de compositores antipáticos y canallescos se trata, la lista es muy larga. Y hoy en día, ni digamos.
El caso es que Omar entra en la dinámica en la que música está ligada a la política. Es un argumento popular entre muchos cubanos de Miami, cuando quieren interrumpir o evitar las interpretaciones de gente que viven en la isla.
Aunque simpatizo con el concepto de por sí, no estoy de acuerdo. No pueden decir que una cosa y otra están unidas: pongamos que Juan Formell, director y fundador de Los Van Van. viene a Miami a tocar. Los de aquí hacen mítines de repudio (perdón, manifestaciones de la libre expresión protegida por la Primera Enmienda) y dicen del mal que se va a morir Formell.
Pero entonces, ¡milagro! Formell repudia al régimen, hace examen de conciencia, se arrepiente de sus pecados y pide perdón. De repente, Formell sería una gloria para esos cubanos.
Lo mismo hubiera pasado con Juan González, el padre trepa de Elián. En el momento que hubiera dicho que se quedaba, le compran una casa en Coral Gables. De hecho, hasta Janet Reno se lo sugirió. Pero Juan se negó, prefirió ser miembro de la Asamblea del Poder Popular, y dio un corte de mangas al «exilio».
Le mentaron la madre (y a Reno le costó su carrera política), pero de haberse querido quedar, hubiera sido San Juan de Cárdenas en Miami.
