Volver. Sí, ya sé que todavía quedan 176 días para mi regreso, y que todavía me queda el melodrama de Josh y su compra de billete. Pero tengo muchas ganas de volver a mi patria.
Es cierto, es una patria que por el momento quiero de lejos, pero es curioso cómo tira la tierra. Cómo entran las ganas de comprar un bocadillo de calamares en la Plaza Mayor, recorrerse a empujones y estrujones el Rastro en plena gloria dominical, o admirar el patio del monasterio de El Escorial. La morriña a mil.
Hace tres años y medio me nacionalicé estadounidense, pero aunque quiero mucho a este país, siempre me sentiré extranjero, foráneo, porque lo quiero a mi manera peculiar, y me niego a adaptarme a algunos de sus preceptos.
Me pasa la mismo con España, y probablemente estoy queriendo a un país que ya no existe como tal, sino más bien ha cambiado (y me temo que copiado) mucho. Pero la Plaza Mayor será siendo tal, y lo mismo que el Rastro o El Escorial. Quizá sienta resquemor o distancia con la gente que rodea a mi país, pero no deja de serlo.
Lo peor de vivir en Miami es que nadie es verdaderamente de aquí, y el desarraigo no sólo es normal sino que fomentado. Y con ello vienen la nostalgia de vivir en un sitio donde en el fondo el 95% de su ingrata población no quisiera estar, y eso que no está tan mal como lo pinto.
