Pongamos que tengo una hermana, y pongamos, siempre hipotéticamente, que esa hermana vivió con alguien algunos años. Con alguien a quien quiso mucho, pero que veía que la pareja no iba a ninguna parte. Por lo tanto, decidió soltar uno de esos ultimátums fatídicos de point of no return. O nos casamos, o me voy. El ultimátum no prosperó.
Luego me enteraría de otras andanzas del sujeto en cuestión, pero eso ni es bueno ni es malo, ni añade nada al tema.
El caso es que el don se ha casado, y ha decidido poner a su primogénita el mismo nombre de esta misma hermana mía.
Bien, puede ser que su cuñada, suegra, tía política, etc... se llame así también, y de ahí la puñetera casualidad.
Aunque quiero dar al aludido una franja (sumamente estrecha) de duda, lo sucedido me sienta muy mal por esto: mi sobrino habla con el individuo y le cuenta que es padre, y que además, (ah, sutileza) la niña se llama como tu mamá.
Mi sobrino, que de sutil no tiene nada, se lo dispara a su madre. Disgusto. Y cabreo por mi parte, porque aunque debo considerar otras posibilidades inimaginables, es un poco como la cuchilla de Ockham. Me sienta fatal que se haya ido tan lejos para hacer ese falso guiño que en realidad es, para una pareja fracasada, mucha sal en la herida.
Todo esto, podría o no haber pasado. Lo reitero porque hay quienes creen que mi web es la última autoridad en todo. O mejor dicho, quienes creen que hay quienes creen que mi web es la suma autoridad. Ojalá, porque hasta yo me lo leería más a menudo.
