Salida a Viena. La capital austriaca parece una señora mayor venida a menos. A mucho menos. Los recuerdos de imperio, de un Ringstrasse cargado de edificios monumentales, es apabullante. Pero en el fondo, todo tiene un indicio de descuido, de dejadez.
La mejor ilustración es el Café Westpoint, enfrente de la Estación del Oeste, y haciendo esquina con la muy concurrida María Hilfer Straße. La arquitectura es impresionante, pero los tapices de los muebles están deshilachados, con rotos por todas partes, y con unos camareros tan solemnes que parecen sacados de una película de Fellini.
Nuestro guía nos lo explica bien: «antes el imperio tenía 50 millones de contribuyentes, ahora sólo tiene 6».
Hace un frío brutal, los vientos del valle del Danubio soplan sin piedad.
