Empiezo a hablar con M. y con Frank, y el último asegura que es más solitario de lo que parece. A mí no me parece muy solitario, y lo comento, pero lo dice con cierto aire de tristeza, como si ser solitario fuera algo malo o incriminatorio.
Primero hay que aclarar el tipo de soledad que se «goza», por así decirlo, si voluntaria o forzosa. Obviamente Frank se refiere a la última, y yo a la primera. Pues bien, soy solitario, un «lobo solitario» como bien diría mi progenitor.
Aunque a veces pueda resultar socialmente inaceptable, lo prefiero. Lo necesito. Hay días que no, y me entra la morriña de algo, pero hay días como hoy que el cuerpo me pide estar solo. Y lo estoy. Josh tiene que hacer cosas con su abuela y luego se va con su hermana, que está separándose de su marido, a ver una obrilla en un teatro de tercera.
Los momentos de mayor inspiración y comulgación con la naturaleza casi siempre los he tenido a solas. Puedo señalar mis refugios en la Serranía de Cuenca, ya sea la Hoz de Tragavivos o el Nacimiento del Tajo, o el mirador de Inspiration Point en Yellowstone, Hells Canyon o cualquier punto perdido de muchos sitios donde estoy yo a solas.
Sí, es cierto, no soy un ermitaño. A la larga, necestio compañía, necesito hablar con alguien aunque sea para contarlo (muestra de ello es este diario). Pero por lo general no le tengo miedo ni asco a la soledad.
En la foto meto espanto porque estoy resacado de la fiesta de anoche, donde no me lo pasé demasiado bien, y creo que bebí demasiado. Era el cumpleaños de Alain, el primero tras separarse de Javi.
