Nos pasamos el puente del Día de Acción de Gracias en Cayo Hueso. Siempre me ha maravillado esa ciudad, en la punta de una cadena de islotes llamados Los Cayos, a 250 kms. de Miami. Me fascina porque conjuga numerosos papeles, algunos de ellos malabares: resort gay con capital bohemia, su proximidad a
Cuba (las famosas 90 millas) con la capital white trash y de borrachera absoluta, la ciudad de Ernest Hemingway y Harry Truman con la ciudad de los motoristas en sus Harleys.
Y aun así, se las apaña para ser un lugar sumamente aburrido. Si no te gusta emborracharte o comprar tres camistas por $10, no hay mucho para el viajero en esa torre de Babel de conceptos turísticos que es Duval Street. Esa calle es la espina dorsal de Cayo Hueso, que nace en un mar de hoteles kitsch y muere en un muelle donde los extravagantes aprovechan el ocaso para montar sus shows.
Pero fuera de eso, está el ambiente lejos de Duval, aires de capital tropical venida a menos, con una interesante arquitectura. Confieso que me embelesa esta atmósfera caribeña, donde reina la parsimonia y se habla inglés. Todo, como en el resto de Florida, es un camelo. Los cayohuesanos han sido piratas de toda la vida, salvo que ahora cambian el incierto sable y naufragio forzoso de navíos por clavar al turista. Pero por lo menos tiene su sabor, una ciudad siempre estrafalaria, con personalidad (exageradamente exaltada, reitero) propia.
Nos quedamos en un hotel de hombres gay, donde «sólo admitimos a una mujer», me cuenta el hostelero. Es un gueto dentro de un gueto. En la piscina se puede ir en pelotas, y la recepción tiene un gama amplia de pornos. Los huéspedes son casi todos parejas, y los que permanecen en la piscina están en plena segunda edad.
Nos hacía falta el asueto, aunque sólo sea por dos noches. Nos alquilamos bicicletas y nos recorremos el perímetro de la isla, 20 kms., a base de pedal. Cenamos en un lugar exquisito, La Trattoria, aunque con un servicio lentísimo.
La última noche tomamos el tour de los fantasmas, que no deja de ser ameno. Este tour forraría a cualquiera en cualquier ciudad.
Por último, un fresco que es, bien...refrescante. La primera noche el mercurio baja a 12°, y la máxima apenas roza los 20° (todos los valores son en centígrados). Acostumbrados al perpetuo calor, es todo un vacilón ir tan fresco.
Para colmo, no hay mucha gente, aunque sí me fijo que hay muchas personas viviendo en la calle.
Al volver esta tarde, la realidad se impone. Eric tuvo dos partidos de baloncesto no muy buenos, y ahora se plantea dejar el basket, la ilusión de su vida.
Por un lado me preocupa que se rinda así por así, aunque bien pensado, hace falta tener agallas para abordar esa decisión tan fríamente. En fin, le digo que no puede abandonar el trabajo de tres años basado en el resultado de un fin de semana. No sé lo que va a hacer.
