Amanece Miami con un frío de collons, 10° C. Si no parece mucho, lo es para Miami.Tengo la temeridad de dormir con las ventanas de casa abiertas. Para el poco rato que hace frío, hay que aprovechar.
En un arranque de innovación, ayer instalé GoLive, versión 6. Nada, sigue estando muy por debajo de Dreamweaver para fabricar páginas web rápido y bien.
Ayer voy a casa de J. brevemente a recoger unas cajas para meter los libros. J., que es ingeniero informático (bueno, no tanto), me comenta que quiere cambiar de profesión. Es parte de la crisis que tiene tras seis años de convivencia con su ex pareja. Me espero que me diga diseñador o algo así, pero me espeta que desea ser trabajador social. «Me encanta hablar».
Tras despetrificarme un poco, le aconsejo que es una carrera un poco, ejem, difícil y abnegada. No pagan bien, son casos por lo general difíciles y precisa mucha empatía. Me reservo lo obvio, que no creo que tenga madera para serlo. Una de las cualidades es saber escuchar, no saber hablar.
Intento echar una mano a Frank, que está bastante deprimido el pobre, por las mismas razones que estaba deprimido hace un año: un amor imposible. Y además de imposible, que tuvo sus andadas en su día y no debería volver a rodar. Le aconsejo la solución, pero él la sabe de sobra. Así es el amor...
Me planteo la revolución que ha supuesto la Internet. Aquí tenemos una forma nueva de expresarnos y comunicarnos que no sólo era desconocida hace 10 años, sino impensable. Y ahora, en una misma noche, me comunico con varias personas instantáneamente, ya estén en Miami, Santo Domingo, o Madrid. Y leo los blogs y diarios todas las mañanas. Y no me doy cuenta de lo increíble, de lo mágico que todo esto resulta. Es lo único que puede vencer o por lo menos atenuar la dictadura corporativa que se nos avecina.
