Paul Thomas Anderson me engatusó como director con Sydney, en 1995. La película tenía sus fallas, pero un toque personal en el diálogo y en el ritmo que sólo directores como Almodóvar y Mamet pueden lograr filme tras filme. Después vino la excelente Boogie Nights, con la escena en la que van a vender droga a casa de Alfred Molina. Esa escena, junto a la de las letrinas en Full Metal Jacket, es una de las más incómodas y brillantes que he visto en el cine. Tras eso, la magna Magnolia (la expresión con el perdón de René Jordán), una obra larguísima, muy bien interpretada y llena de tantas tensiones y luchas internas y externas que salí del cine hecho un basilisco. Hasta Tom Cruise, que es tan frío, estaba genial. Y Julianne Moore y Philip Seymour Hoffman brillaron.
En Salon.com comentan que a Anderson sólo le quedaba el gigantismo si continuaba con las pautas de Magnolia, por eso se ha metido al minimalismo con Punch Drunk Love, que cuenta la incómoda y extraña existencia de un solitario empresario, protagonizada por un ligero Adam Sandler. Sandler brinda credibilidad a un personaje que ebulle rabia y desesperación por los cuatro costados. Quedan muchos cabos sueltos y zonas sin explorar, pero Sandler no está a la altura del canijo Luis Gómez, habitué de Anderson, que roba todas las escenas sin mucho trabajo.
