Todo apunta que mañana puede ser un desastre para el partido demócrata, y que ambas cámaras caerán en manos republicanas. Y McBride, nada, adiós muy buenas. El mitin del sábado por la noche estuvo bastante cortito, y no fue mucha gente, en comparación con el de Gore en el mismo sitio hace dos años.
La única manera es sacando el voto negro, masivamente, a las urnas. Pero eso me parece cada vez más quimérico, en el sentido que nadie parece muy emocionado con McBride. Su mejor virtud es que no es el idiota de Bush.
Debe ser indicativo de lo mal organizada que está su campaña. Mañana me toca ser un observador en su nombre, y no sé todavía dónde voy a estar.
Los republicanos te pueden caer bien o mal (para mí es lo último), pero el trabajo que han hecho para identificarse con la bandera y el patriotismo, que siempre está tan a flor de piel en Estados Unidos, ha sido genial. Los demócratas han sido unos peleles los últimos 14 meses, y a los pocos que votan (un 33% del electorado) no les sientan bien las medias tintas.
En resumidas cuentas, en 48 horas me imagino que estaré escribiendo sobre cómo esto pone una presión enorme sobre Bush, pues ya no tiene excusa.
Lo peor de todo, sin embargo, es que hay cientos de candidatos a jueces federales que no han sido nombrados por el Senado. Entre estos hay verdaderos trogloditas, personas que serían expulsadas de Fuerza Nueva o del Frente Nacional de Le Pen, por reaccionarias. No sólo tienen un modelo de estado que se pliega absolutamente a la administración, sino que además tienen una visión social del siglo XIX.
Por mi parte, estoy cansado. Llevo casi tres semanas sin parar, y esta semana viene menuda también.
7 de abril. Ese día fue el último en el que el mercurio estuvo por debajo de los 20 grados centígrados. No quiero pasarme otro largo verano (que todavía no ha acabado; el martes pasado la máxima fue 33 grados) en Miami, la verdad.
