A las 6:30 a.m. llego a mi precinto, en una iglesia protestante pegada al nudo de Golden Glades. Hablo con el policía y me comenta que el pastor no quiere que haya nadie en su propiedad, por lo cual tengo que estar en la entrada al aparcamiento.
No me parece muy legal, pero acepto para no buscarme problemas. Poco a poco llegan los trabajadores de otras campaña, entre ellos dos hermanos, Sandra y Larry, que trabajan para una campaña de una señora de raza negra. Entregan folletos muy vistosos, con el único problemita de que la candidata es republicana. Los dos hermanos se confiesan como demócratas, hablan pestes de Bush, pero como pagan 100 cocos al día por estar ahí, nada, a trabajar para la republicana.
El punto es espantoso, estoy muy lejos de la entrada. En eso sale el hierático y antipático pastor. La ley, dice, exige que estemos a 50 pies de la propiedad. Eso me cabrea, pues me conozco la normativa a dedillo. Los de las otras campañas se retiran enfrente, en un punto completamente innecesario.
Voy a hablar con la secretaria del precinto, y me dice que el pastor está enfadado. Le contesto que lo siento mucho por el pastor, pero que la ley dice que puedo estar a 50 pies de la puerta, y que hoy el edificio ha dejado de ser propiedad privada para convertirse en lugar público. Peleamos, y amenaza con llamar a la policía. «Llame, me da igual. La campaña de McBride me pide que haga un trabajo y lo voy a hacer».
Cuando vuelvo al puesto, Sandra me dice «Niño, tranquilízate, tienes el cuello rojo del enfado». Al poco sale uno de los subsecretarios a pedir perdón y a darme la razón.
El día transcurre sin eventualidades, salvo dos individuos que entregan papeles que aseguran que McBride está en el Klu Klux Klan, una señora que no puede votar porque se ha equivocado de precinto, y las avinagradas miradas del pastor.
Al final, no vienen las hordas de votantes y tras los primeros desesperantes resultados, me acuesto temprano.
