Día de Acción de Gracias. Redescubro por qué es mi festivo favorito: no tiene connotaciones religiosas excesivas, ni orgías comerciales ni hedonísticas. Sencillamente, nos sentamos a dar gracias. La mayoría de las tiendas de Miami (y el resto del país) cierran, y nos centramos en nuestras familitas. No hay regalos, ni arbolitos o belenes que prostituir; sencillamente gratitud.
Anoche, hablando con J. me doy cuenta de que tengo que ser agradecido por muchas cosas este año:
Por Josh. No sólo porque me brinda compañía y apoyo en todo momento, sino por su amor y su entendimiento y sentido común. Aunque no somos una pareja perfecta, somos lo mejor que se puede esperar. Ambos nos respetamos mutuamente, y nos permitimos nuestros espacios e independencias. Eso, aunque parezca mentira, es vital. Gracias.
Por el bienestar general de mis seres queridos.
Por mi situación económica y profesional.
Por no tener ni la menor parte de los problemas que J., que está muy angustiado por estos días, ni R., que vive en un mundo de resquemores.
Por estas cosas doy gracias. Si digo que a Dios o que a cualquier fuerza mayor, no importa. El caso es que ya sea que crea en el Todopoderoso, en el Ser Supremo o en la casualidad temporal y caprichosa del universo, gracias.
En otros asuntos, creo que soy el último español que ha oído cantar a David Bisbal (¿o es imitar a Luis Miguel?). Es una muestra más del triunfo de esta corriente (que muchos confunden con su resultado: el comercialismo), el monocordismo. Intérpretes que llueven sobre mojado y tienen todo un repertorio repetitivo tras la primera estrofa o derivativo hasta el hastío.
Y en este bote caben muchos, desde Bisbal hasta el inefable Bocelli, pasando por Luismi, la Whitney y la Britney, todos los boys bands y la madre que los parió, etc...En la música clásica el estilo se precia, y el oído sensible (y conocedor) puede identificar a un Brahms, Dvorak o Mahler. Pero en la música actual...
