Me doy cuenta de una cosa. La administración busca una provocación de Sadam Hussein. No es su táctica principal, pero uno de sus beneficios es poner tan nervioso al dictador iraquí, que quizá les ahorre tener que demostrar o convencer ante la comunidad internacional. Dudo que Hussein lo haga, pues estuvo muy quietecito durante los cinco meses que tardaron las tropas estadounidenses en prepararse frente a Kuwait en 1990-91.
En aquel entonces, todo el mundo hablaba de la temida Guardia Republicana iraquí, pero ésta acabó desplomándose como un flan. Por eso ahora me tomo los informes de la resistencia de Sadam con un granito de sal. Mesopotamia no es la jungla de Indochina. No hay tantos lugares donde esconderse.
Lo que me preocupa en realidad es el creciente militarismo estadounidense, que quiere destruir cualquier amenaza posible, ya sea a medio mundo de distancia. Al prinicipio me parecía una solicitud israelí: paz en Palestina a cambio de la cabeza de Sadam. Pero cada vez más me resulta que es una obsesión de GW.
El otro día, en The West Wing, que es una especie de gobierno de oposición por parabólica, comentaban algo muy cierto. El presidente ficticio, Jed Bartlett, un insoportable intelectual, tiene como oponente a un facundo gobernador de la Florida, que parece la imagen de GW.
Comentan sus asesores: «Si ese hombre dice que confía en sus consejeros, no me puedo creer que jamás se pelee o esté en desacuerdo con ellos». Ahí queda expresada la peor crítica que se puede hacer a una persona como GW, que aunque astuto, es ignorante de muchas cosas. Queda a la merced de los consejos. Si son buenos, vale. Si no, que Dios nos coja confesados.
