Vamos a ver Juana la Loca.
Entiendo que la película ha sido candidata a numerosos premios Goya, ha ganado tres, y que Pilar López de Ayala, en el papel titular, se ha llevado varios galardones.
Cuenta la vida de Juana la Loca, brevemente reina de Castilla. No me importa que tuerza la historia (de hecho, películas como Elizabeth son buenas, y se burlan de la historia), pero la verdad que el guión parece redactado por Corín Tellado.
En lugar de irse por numerosas tramas que podrían haber sido orginales o interesantes (el papel de la pasión en el matrimonio, el deseo sexual y el fervor religioso, la infidelidad masculina, las mujeres en el poder en el siglo XV, las tramas palaciegas, las diferencias entre los católicos españoles y los de Flandes en ese entonces) todo se convierte en un melodrama sin freno. Cuando parece que López de Ayala va a salir adelante como personaje y como mujer (al fin y al cabo, transcurren 10 años a lo largo del filme), su papel no adquiere profundidad. Estoy loca, ¿y qué? A chillar, a salirse del plato y a chillar un poco más. Y ese, verdaderamente, es el único personaje que Vicente Aranda, el director y guionista, se preocupa por dibujar (mal).
Daniele Liotti es unidimensional como Felipe el Hermoso, Rosana Pastor es invisible como la doncella de Juana. El único que se salva un poco es Giuliano Gemma como maquiavélico asesor de Felipe, pero no mucho. En el fondo es superficial; una versión flamenca del «ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor».
Los dramas funcionan cuando nos interesan los personajes, pero Juana no me interesa, además de salida e histérica, está tan obsesionada que molesta. Cualquiera se esperaría un fino bisturí para describir su triste historia, en vez de eso, Aranda entra a trabucazos, y con una brocha muy gorda pinta situaciones ridículas.
Hay dos escenas espantosas, metidas dentro de la sublime fotografía, que marcan la larga película.
La primera es cuando Felipe trama quitarle el poder a Juana mediante una asamblea de notables, y se aparece Juana, embarazadísima y vestida en un traje con el escudo real, para regañar a los conjuradores. Además de antihistórica, es ridícula. La segunda es cuando yace Felipe en el lecho de muerte, y todos contemplan a Juana volverse...ejem...un poquito más loca todavía. De repente, a Juana le importa el qué dirán y exclama: «Ya veréis como os pondréis si se está muriendo vuestra mujer o vuestro hijo».
Vergüenza ajena.
