Me paso una parte del fin de semana sin hacer nada, me doy cuenta que lo que quiero hacer, irme a trepar una montaña o a realizar senderismo por el bosque, no puede ser.
Fallece don Joaquín Balaguer Ricardo, y escribo unos recuerdos que me publica Univision.com. Creo que será recordado como el político nato, independientemente si bueno o malo, para quién el poder era su religión, sexualidad y única ambición.
También paso, de manera algo sorprendente, una semana de comunicación semiintensa con Javi (ahora; anteriormente, César), con quien no hablaba hace literalmente 15 años. Javi era cobotones conmigo en la oficina de X en la calle de Esparteros. Como ya había otro Javi en la oficina, se le decidió deshumanizar un poquito (muy a la española) y ponerle César.
Con César no tenía mucho trato, principalmente debido a mi arisca timidez y a la gigantesca empanada mental que tenía por aquel entonces. Yo bajaba todos los días de la casa de la sierra de X, donde tenía todo lo que se puede desear en una vivienda. Luego ambulaba por la oficina y por Madrid, como alma en pena, en una mezcla de inercia absoluta e indecisión severa. Aguantando estoicamente (casi siempre) las numerosas broncas de X.
Hace un par de semanas, Javi pasó por las oficinas en la calle de Doctor Esquerdo a hablar con los viejos conocidos, que le señalaron mi página. Entonces la vio y firmó el libro de visitas, de manera anónima. Hice un poco de memoria, y adiviné quién era (aunque para cubrir las espaldas, le puse a él y a dos candidatos más).
La razón por la cual me escribe Javi es porque ha salido del amario hace cuatro años, y por lo que se lee deduzco que es muy pero que muy gay (ya sé que gay es un adjetivo absoluto, pero lo estiro). Apunto todo esto porque en esa época de Esparteros, Javi tenía un terrible secreto, terrible para él, vamos. Por lo cual, guarda memorias punzantes y muy diferentes a las mías. «¿Te imaginabas que era gay en aquél entonces?»
Desde los esquemas de 2002 parece un planteamiento asequible, con el cual a veces abatir el ocio, «¿será fulanito gay?» Pero en esa época, en gran parte debido a mi inmadurez y falta de observación, me hubiera sonado a chino.
Y también, en parte, a un despertar sexual muy tardío. La sexualidad en ese momento era una preocupación muy leve. Me importaba mucho más readaptarme a la ridiculez de vida a la que me había alistado, como mozo en una mili surreal. Es obvio que fue demasiado para mí, que no tenía la capacidad emotiva y madura para afrentar los desafíos varios, y por eso en ese entonces me sentía como un cascarón que sale a flote en mitad de una feroz tempestad. Sorprendido, pero intentando sobrevivir a toda costa.
Consecuentemente, el planteamiento gay era absolutamente ajeno a mí. No porque yo no lo fuera o porque no me había percatado de las sutiles pistas que me daba la fisonomía, sino más bien porque ya tenía demasiados problemas de identidad.
Mientras, César/Javi sabía que él era gay, y no sólo no lo quería admitir, sino más bien tenía pánico de que alguien se diera cuenta. Tras una difícil travesía del desierto de literalmente 11 años, se logra aceptar.
Por eso, al final todo resulta como esa sicóloga en La casa del juego (House of Games, de David Mamet). Nos aprendemos a perdonarnos a nosotros mismos. Aunque nos cueste, por muy horrible que nos parezca el pecado cometido. Así exorcizamos los diablos que no sólo no nos dejan dormir, sino vivir.
Salir del armario, desarmarizarse, es parte de este planteamiento. Aceptarse como eres. Mirarte al espejo todos los días, y aceptar la imagen reflejada, ya sea buena o mala. «Nuestro vino es amargo, pero es nuestro».
