Mi primera ley salarial, ideada y perfeccionada durante los largos años de sed económica en El Nuevo Herald, es que si llegas a un lugar, tienes que negociar una cantidad grande antes de aceptar el puesto. O sea, no confíes en recibir aumentos a lo largo del año, por mucho que te lo prometan. Entra con mucho.
La ley no se confirmó en Consejero.com, donde entré ganando 37.000 y salí, a los nueve meses y medio, ganando 55.000. Pero Consejero era bastante sui generis (y con esto quiero decir que era un manantial de ineptitud).
Otro ejemplo para mí fue en la invidencia jerárquica de Mira!, donde tras proponer un cambio en la estructura editorial, y ponerme a cargo de capear las desavenencias de Doraluz, me subieron sólo 4.000 dólares, que resultaron ser no sólo injustos, sino insuficientes.
Lo que acabo de aprender, como siempre, a las duras, es que si te ofrecen un ascenso, hay que pautar el salario, y no dejarlo a la merced de la bondad de tus supervisores. O sea, no aceptar mayor responsabilidad (muy especificada) a cambio de un aumento salarial nada concreto.
Pero si lo vas a hacer, ofrece un margen salarial aceptable. "Ya sé que no lo sabéis todavía, pero espero por lo menos X".
Luego, si no has pactado ni especificado los dos puntos anteriores, debes poner cara de cabreo y decir que es inaceptable cualquier aumento mísero. No lo aceptes como un borreguito.
En fin, todo esto para decir que soy gilipollas y no sé negociar bien. My daddy warned me about days like these. And Walter Mitty did, too.
