Barbacoa de Memorial Day en casa de Anita, interrumpidos por la lluvia. Kima, la amiga de Josh, confiesa que quiere ser madre, y que los años no pasan el balde. Busca un candidato a padre entre nosotros, con especial énfasis en Josh; éste asiente, como si fuera algo palpable.
Al principio me inhibo. Estoy en contra, y sé que si digo algo aparentaría ser un carca. Pero lo digo igual. Ya que «Dios no nos va a dar hijos», me parece un acto de solemne egoísmo traer niños a este mundo mediante la fórmula. Además, es incompleto, porque nosotros no tendríamos la patria potestad. Si sumamos que a la larga nos queremos ir de Miami, entonces la ecuación se llena de incógnitas.
Josh parece entusiasmado, pero no tengo ganas de ser padre así, de rebote y en un puñado de ocasiones al año.
A veces creo que no tiene la menor idea de la difícil entrega que representa ser padre. Transciende la responsabilidad en sí, para meterse en las numerosas horas que tienes que ponerle al tema. Esta es la vertiente que más me preocupa, pues recelo mucho mi tiempo, y en ese aspecto soy sumamente egoísta. Conozco el tema en parte porque tuve que cuidar a Eric cuando era niño, cambiarle los pañales, calentarle la comida y acurrucarle para que se durmiera. Y esa vaina no es fácil, como dicen los dominicanos.
Josh está a punto de entrar en un Master de Derecho Clínico, y le hace falta dinero. No sé cómo se administra, gana casi $20 mil más que yo, y aún así todos los meses es un suplicio para que me pague a tiempo las cosas (yo administro los gastos domésticos).
