12.332 - 1 abril de 2002
La perspectiva de pasar otro verano en Miami se cierne una vez más. El mercurio sube, y ya a finales de marzo alcanzamos los terribles 30 grados centígrados, que estarán con nosotros hasta bien entrado diciembre.
Muchos refugiados del nevado norte alaban el clima tropical de nuestra ciudad, pero yo ya no puedo más. Se lo comento a Josh, y está de acuerdo. Nos atraía Vermont, aunque dudo que aguantaríamos sus prolongados inviernos. Por ahora, nuestro objetivo es algún punto entre Santa Bárbara y Seattle.
Llevamos años diciendo esto, o sea que no sé cuándo verdaderamente ocurrirá. Pero lo que sí sé es que el manto pegajoso del calor perenne me cansa.
Sábado con Eric, contándome sus proezas. Ha mejorado mucho en el colegio, pero no quiere concretar nada. Me dicen cosas como «a los hispanos les dan becas» y «voy a sacar un promedio de notas alto». Pero no profundiza, no se entera. Quiere ir a universidades locales, o por lo menos estatales. Tiene una visión muy específica de la vida; cuando le pregunto si va a tener otra novia, me contesta: «no, ahora me estoy centrando en los estudios y en jugar». Decir eso a los 25 años está bien, peor a los 17... De todas formas, cuando se enamore, va a caer en picado. Eso es obvio.
Anoche tengo uno de los sueños más terribles de mi vida. Fue uno de esos donde navegas entre un estado somnoliento y uno a punto de despertar, en el cual tienes suficiente raciocinio como para percatarte de la trascendencia de las cosas, aunque no para darte cuenta de lo falso.
Estoy en un restaurante, y veo a mi padre sentado. Es lógico, pues se ha mudado a Miami. En un apartado, me dice. «Sabes, Hugo está vivo. Lo están cuidando en una especie de santuario en las afueras de Dajabón, entre Dajabón y Montecristi».
Hay pelos y señales, se llama Nuestra Señora de las Nieves, y es una especie de comunidad católica. Con la imagen, me traslado en el sueño con mi padre hasta el sitio. Tienen carteles, nombrando a Hugo ciudadano especial de Dajabón del año 2001. Y varias fotos, siempre de espaldas. Hablo brevemente con una monja, que me comenta sobre su estado letárgico, que sin embargo le permite andar.
Cuando veo a Hugo, ya con 12 años, le veo siempre de espaldas, con una camisa de leñador, roja con rayas negras. Pelo rubio. Me recorro los riscos del lugar.
Me despierto, horrorizado, a las 6:30. Ha sido un sueño tan contundente, tan brutal y fehaciente, que hasta me lo creo por unos instantes. Me tengo que acordar de las escenas reales del entierro para decirme a mí mismo que ha sido sólo una verdadera pesadilla.
