¿Cuándo deja un diario de ser un diario? No sé, creo que este ha sido un buen momento para saberlo. ¿Cuándo deja un web personal de ser particular? Creo que en el momento en que te dejas inhibir por los posibles comentarios y dejas de ponerlo. Cuando te das cuenta que sí estás en una fucking pecera y no lo puedes remediar o tan siquiera protestar, porque tú mismo la hiciste. La leche.
Muchos nudos gordianos, como bien dijo un gran amigo. Pero reflexionando estos días, me doy cuenta que todo esto me afecta no porque verdaderamente me cale profundo, sino porque me dejo afectar. Porque intuyo que me debe afectar.
Si esto suena a chino y no se entiende, lo siento. Es un desahogo, típico de los que solía tener en este espacio hace tiempo y ya no tengo.
Hice este web para explicarme a mí mismo cosas, para decir palabras que no suelo hablar. Para demostrar(me) que tras la taciturnidad hay algo más que un espíritu huero. He escrito este web para liberarme, para no permitirme esconder, que ya demasiado lo he hecho en mi vida.
He hecho este web con el mayor respeto a la verdad, a la armonía y a la buena fe posible.
Y se acabó. He cometido errores, ¿y qué? Se arreglan y se acabó.
Desahogado estoy. Bueno, casi. Me falta escribir una carta poniendo las cosas en su sitio, tras ella, me sentiré más liberado y desahogado.
Se acabaron los jeroglíficos.
Anoche, celebramos el cumpleaños de Marta en casa de mi madre. Había momentos que parecían, como se decía antaño, de pura insania.
Cada loco, literalmente, con su tema. Interrupciones, falta de conexión, falta de tranquilidad, y de armonía ni se diga.
Tras mis labores de «árbitro» (muy mal hecho, pues verdaderamente no es que medie bien ni mucho menos, sino que reconcilio a partes que se necesitan), mi madre y mi hermana se vuelven a hablar. Pero si esto es comunicarse, que baje Dios y lo vea. No soy experto en comunicarme, todo lo contrario. Pero sí soy experto en saber qué palabras y tonos son hirientes o contraproducentes. Y anoche sobraron.
Marta me pregunta, curiosamente, que por qué soy tan callado. No hace falta verlo con ellas dos y luego también un padre que convertía cualquier comentario pasajero o educado en una declaración de principios.
Ellas, creo, no tienen remedio. Pero sí Eric, porque tarde o temprano se dará cuenta que esto no puede ser la normalidad. Que la intimidad y la familiaridad no pueden conducir a la falta de respeto. En el fondo, me siento incómodo, me da mucha vergüenza ajena.
En cierta manera, se asemejaba a la maldad «benigna» de tertulia de pueblo. Dicen los anglosajones que la mente inerte es el taller del Diablo, y es cierto.
