Cuando se tiene una página de Internet, te vienen todo tipo de cartas. Hay quienes me mandan saludos para Ketama, Maggie Carlés o Dyango, pensando que por haberlos entrevistado una vez tengo línea directa con ellos. Hace poco me llegó un e-mail pidiendo «un mapa de Pina de Ebro que enseñe las carreteras, accesos y calles». Y se quedó tan ancha.
Otro me escribe que he sido demasiado diplomático con FNAC en mi ya célebre carta. Una discoteca en Santo Domingo tiene la audacia de pedir un link en mi página dominicana.
Otra me escribe para decirme que su madre es del mismo pueblo que mi abuela, y que a lo mejor conoce a mi madre.
Se lo digo a mi madre, le contesto a la señora con una carta detallada, y nada. Mi madre se queda con las ganas de saber algo, pero la señora no contesta.
Luego, claro, viene el comentario perfuntorio sobre «qué valiente eres» o «no soy gay, pero os respeto mucho». O si no, el nada perfuntorio de «los homosexuales tenéis mucha sensibilidad...pero siempre cierto revanchismo sobre vuestra vida sexual».
Un chico de Andalucía me comenta que él también tiene un padre opresivo y que qué haría en su lugar. Me da mucha lástima, pero no puedo contestar mucho. Reconozco que me hubiera gustado ser sicólogo, pues aunque no tengo mucho sentido común para mi propia vida, no creo que dé malos consejos.
Hoy hemos estado en el funeral del padrastro de Josh, el segundo marido que tuvo su madre. Aunque le abusó física y emocionalmente, Josh acude para apoyar a su hermana. Se nota que Josh va buscando gresca, pues en una iglesia de marcado carácter conservador, me presenta a todos como su marido. Generalmente no es tan descriptivo o natural. Josh decide quedarse en la última fila de la iglesia.
Hay un momento muy tenso cuando la hermana del difunto le invita a sentarse delante y Josh se niega. La hermana, tía postiza durante nueve años, tiene buena memoria y no insiste.
El pastor dice cosas muy inspiradoras, pero luego se mete en berenjenales teológicos y en incongruencias absurdas. «Puedes ser la persona más buena del mundo, pero eso no significa nada porque la entrada al cielo depende de Jesús». No resulta ser muy calvinista.
El otro día me enfurezco porque la madre de Josh (la señora de los amplios sombreros en las fotos) me da un escapulario de la virgen, y me obliga a decir que lo llevaré en nuestro próximo vuelo a Las Vegas. "Si lo llevas, te asegura que no irás al infierno". ¿Se puede reducir a esto una religión?
En los foros cibernéticos veo a una señora que implora a que todo se lo recemos a la Virgen María, que ella se lo pasa a Dios. La Madonna convertida en una factótum celestial.
Hace algún tiempo me pasan el informe de que la oración concentrada de un grupo ayudó a salvar a ciertas personas en un estudio médico. Pensé en que hay tres opciones:
1. Una macabra (y puñetera) casualidad.
2. Dios escuchó las oraciones, e intercedió. Entonces Dios está reducido a un ministerio, que sólo escucha las súplicas que son elevadas a él directamente. Y además, un poco vanidoso. Se salvan los que le piden ayuda, o los que son suplicados. Los demás que sufren, se joden.
3. La energía altruista positiva de los que rezan funcionó para los dolientes.
Ahora veo que me puse en una encerrona, pues aunque me debiera convencer la última alternativa, por la que yo abogaba, no lo logra del todo. ¿Habrá más alternativas que no veo? No sé. Creo mucho en el poder de la oración.
Principalmente por lo obvio. Te ayuda a concentrarte, a relajarte, a definir tus problemas y a darles prioridad. Te hace sentir bien espiritualmente. Pero también creo que hay una aplicación milagrosa, por así decirlo. Creo en la energía de las personas, y cada cual emanamos cierta frecuencia.
Hace ya casi nueve años, volvía de madrugada a casa de Pilar y de mis hermanos en las afueras de Madrid. Acababa de terminar todo lo de Hugo, donde no había llorado por eso de hacerme el fuerte. A esa hora, cuando estaba inmerso en un brutal proyecto de traducción, puse la radio.
Estaban entrevistando a una religiosa del Hospital Clínico de San Carlos, en Madrid. El locutor la fue toreando mientras ella explicaba, en ese tono que sólo pueden conseguir las beatas tras muchos años de servicio a la Iglesia, el poder milagroso de rezar. De repente, contó su anécdota. Se cayó un chico dos o tres pisos por el hueco de una escalera, y ella le fue a atender. Al parecer, no daba señales de vida. Pero la monja imploró: «¡Dios mío! ¡No puedes dejar que se muera este chico! ¡Qué no se muera, Dios mío! ¡Te lo pido!»Todavía tiemblo y se me pone la carne de gallina al recordar esto.
Quizá fue el tono con que lo dijo, quizá fue la exhortación sincera y conmovedora. Probablemente fue la fe absoluta y protectora expresada, sin duda o resquemor alguno. Pero no sólo se hizo el «milagro», sino que a eso de las tres de la mañana yo estaba llorando dentro de un coche en la calle Teodoro Domingo, de Torrelodones. Y llorando no sólo de dolor, pena, angustia y frustración, sino que en el fondo deshecho porque nunca rezamos así por Hugo.
Muy probablemente no hubiera servido de nada. Pero no lo intentamos, nos falló la fe. En ese momento que expulsé todas las lágrimas que había reprimido durante el último y horrible mes.
