Pasa el puente de Acción de Gracias, una de las fiestas más significativas para mí. Creo que mi peor vicio, de los muchos, es la ansiedad. Siempre tengo prisa, en rara ocasión logro disfrutar del momento. Ya quiero que concluya el largo fin de semana para volver a la rutina. Es muy extraño. Creo que me arrepentiré entre la semana.
Hablo con Frank sobre Josh y su madre, y cómo a veces se llevan como el perro y el gato a raíz de la desconfianza. La madre se casó con varias personas abusivas, que por puro sadismo pegaban y castigaban a Josh. Siempre me acuerdo de la anécdota del padrastro que le tiró todos sus juguetes a la basura un día. También sufría palizas diarias, y por eso tenía que ir de manga larga y pantalón largo al colegio, para ocultar los hematomas.
En cambio, yo no he sufrido nada. Es incomparable cualquier dolor o desenlace que pueda haber vivido. Frank me cuenta su apego por su ex, que de vez en cuando le hace caso y por quién todavía está coladito. El amor es terrible. Siempre alcanzamos un punto donde seguir queriendo a alguien es entrar en el terreno del masoquismo. Pero es inevitable, pocos tenemos la claridad y sensatez de percatarnos de ello al cruzar la frontera.
Creo que el mejor consejo que le puedo dar es que sea fiel a sí mismo y que no se engañe. Si quiere ser usado, que lo reconozca. Hace tiempo me he dado cuenta que las valorizaciones morales se efectúan en beneficio de quien las hace y no de quien las recibe. Si vas a intentar volver con alguien que a veces te trató como a un zapato y con quien viviste muchos problemas, lo mejor es reconocerlo. Los juicios te los guardas en el bolsillo.
Si no, entras en un lance melodramático y fatídico, donde (como yo con Felipe) eliges la cómoda posición del victimismo. Acabas engañado por doble partida, por el inmerecido receptor de tu afecto y por ti mismo. Pero no te puedes convertir en la Casandra de tu propio corazón, porque además de ser típico drama queen, es ridículo. Me siento con mejor ánimo, inexplicablemente. No sé por qué, pero a veces me doy cuenta de que mi miedo a la falta de seguridad me tiene estancado. Y cuando pierdo o me olvido temporalmente de ese temor, me siento mejor, más libre.
Anoche fuimos a casa de Alain y Javier, nos reímos mucho. Me hacía falta, quizá estoy tan risueño por eso. A veces me intranquiliza, o mejor dicho, permito que me moleste, que Josh pase tantas horas con ellos. Pero se lo pasa bien.
Nuestra relación tiene varias cosas poco convencionales, aparte de lo obvio. No tenemos mucha dependencia uno del otro. Vivimos de forma casi separada, nos unimos en los momentos importantes, pero no nos hace falta la presencia constante del otro ni tener que estar constantemente unidos. Una cosa que no tenemos en común es el amor a estar en casa. Soy casero, lo reconozco. No encuentro nada malo en permanecer metido aquí todo el santo día, entre libros, tele y, por supuesto, computadora. Él sí. Se cansa, estalla, y en un adalid de libertad, de repente dice que se quiere ir a casa de Javi y Alain, o a comprar, o a desayunar con su abuela. A veces le acompaño, pero por lo general no. Ya dije que no somos convencionales del todo.
