En mi diario peregrinaje al trabajo el viernes, una escena típica de Miami. Por un lado, un aguacero tropical impresionante, por el otro, un opresivo sol. El resultante prisma es un arco iris que parece empezar más o menos en Univision.com. Lamentablemente, es falso. Se cierne otra nube de despidos sobre nosotros, tras los 25 que fueron cesados en mayo (que en su mayoría todavía no han encontrado empleo).
He vivido los dos últimos días en una especie de nube. Los casos de ántrax en American Media me afectan, pues solía trabajar para esa empresa. Pero creo que es una especie de recurso sicológico para bloquear la ansiedad. Josh dice que me he despertado dos noches seguidas, en pleno sueño, agobiado. La gente está ansiosa, Solange, que es una torre de fuerza, me dice que si hay más ataques de ántrax, se iría a Argentina. Me niego a vivir con miedo, creo mucho en el destino, y sé que el día que me toque, se acabó.
Mientras tanto, fuera de las preocupaciones básicas, no le puedo prestar mucha atención. Espero que no haya otro ataque terrorista, ya sea de cualquier índole, pues creo que una parte importante de la población se cagaría. Entiendo la reacción, pero no la comparto.
Si la comparo con la perseverancia madrileña, barcelonesa, zaragozana o andaluza ante los interminables atentados de la ETA a civiles, el país más poderoso de la tierra queda muy mal parado. Cada vez que había un atentado gordo en España, la reacción general era "cabrones, os vamos a aplastar tarde o temprano". No lo veo aquí.
Sí veo que todo ha caído en una desinformación casi Orweliana. CNN informa que parte del bombardeo a Afganistán "era humanitario". Bombas y pan, parece el producto de una enfermiza mente de Madison Avenue, pero no, es así. Pero la verdad, bombardear a Afganistán está siendo enfocado como si fuera una proeza militar. Lo difícil va a ser después. La mayoría del pueblo norteamericano, como siempre, baraja con simpleza el asunto. La victoria es la cabeza de Bin Laden. Buena se la han puesto a Bush.
Desde que los rusos tuvieron la infructuosa experiencia de Khiva a principios del siglo XIX, los inhóspitos desiertos del Asia Central no han sido muy favorables a la búsqueda y captura.
Paso gran parte del día con mamá. Está mejor que la semana pasada, pero aún así demacrada. Me dice que se ha comprado un "apartamento para la muerte", y por unos momentos creo que se ha decidido mudar a una vivienda más afín a sus posibilidades. Pero no, es que se ha comprado un nicho en el cementerio. "Para evitaros el disgusto y además, porque Marta me quiere quemar". Se refiere a incinerar.
Su obsesión con Marta es menuda, y en cierto modo trágica, pues los parámetros no han cambiado en los últimos 17 años. Siempre quiere arreglarle la vida. Le molesta el agobio constante de mi hermana, y le hace mella porque en el fondo la quiere mucho. Pero no se da cuenta que no hay remedio, o por lo menos uno que lo presente ella. Mi madre y yo compartimos el mismo don, que es una especie de mutante del síndrome de Casandra: aconsejamos muy bien a los demás, pero para nuestras propias vidas no servimos.
Me enseña su gran sillón, que se mece y abate, en pleno salón. Está como una niña con zapatos nuevos, siempre ha tenido debilidad con los muebles. Por lo menos los disfruta. Yo me deprimo mucho, porque no logro conciliarme con la idea de la muerte. Pero el tiempo pasa, aunque me resista. Prueba de ello es semana anterior, que la afronté con las menores ganas posibles, y pese a ello transcurre volando.
