Anoche el presidente da su discurso, lleno de esperanza y relativo optimismo. Los redactores del discurso se merecen un premio, la verdad.
Nadie comenta las numerosas referencias a Dios (seis, si incluimos a Alá), ni que este entramado parece bordado con hilos religiosos y políticos, además de pratioteros.
Bush entra en derroteros teológicos sumamente peligrosos al decir cosas como "Freedom and fear, justice and cruelty, have always been at war, and we know that God is not neutral between them". Es algo que Ben Laden podría haber dicho también.
Nuestro Dios es como un paciente sumido en una coma profunda, del que tenemos que adivinar sus intenciones. Estos sucesos han provocado en mí un dilema de conciencia y espiritualidad. Parece una crisis hecha a la medida de Ayn Rand.
Mientras dure la paciencia, el país se mete en una fase jingoísta que oscila entre lo sublimemente entrañable y lo ridículo.
Las comparaciones con Pearl Harbor son tontas, porque por lo menos el objetivo, por muy difícil que pareciera, estaba claro: Tokio y Berlín. Desde entonces, todas las actividades militares de Estados Unidos, y las consecuentes reacciones de su población, han sido agridulces, o por lo menos inconclusas. Salvo Manuel Noriega, los enemigos principales, desde Kim Il Young hasta Aidid, han salido relativamente indemnes. El pueblo norteamericano no quiere que las cosas duren demasiado.
Las secuelas económicas ya se están sintiendo. Si se suman las pérdidas monetarias bursátiles de esta semana, se alcanza una cifra inimaginable: 1.200.000.000.000 dólares. Los primeros en caer: Florida y su industria turística. Segundo, las aerolíneas. Todo el mundo quiere rescatar a estas empresas, pero nadie menciona los 100.000 empleados que han perdido su trabajo. No los van a recontratar, pero no importa, es la nueva economía. Ya encontrarán empleo, seguro...
Las juntas editoriales proclaman que las aerolíneas, algunas de las cuales perdían dinero antes de esta catástrofe, necesitan ayuda. El Wall Street Journal es lo suficientemente taimado como para argüir que las aerolíneas son la espina dorsal de la economía. Antes declamaban y acusaban el intervencionismo del gobierno, pero si se trata de lucrarse, ah, bueno, entonces sí.
