Me paso gran parte del domingo pasado con mi madre, echándole una mano, pues no se ha recuperado del todo. Quiere comer en un bufé chino, y yo, que nunca hago ascos a comer mucho, accedo gustoso. Durante la comida, le pido que me cuente, esta vez con mis preguntas críticas, las circunstancias del nacimiento, sobre todo el episodio de Marta.
Es tan fuerte y a la vez tan aleatorio que los dos nos echamos a llorar en cierto momento. Después, le acompaño a la tienda de bricolaje, The Home Depot. Ir a comprar con mi madre es un ejercicio en frustración, pues no tiene reparo en preguntar a varios dependientes, buscando siempre una segunda opinión. Aunque me he armado de paciencia, acabo bastante crispado, como siempre. Al parecer, cree que hay una segunda tienda donde guardan todo lo que no está en la primera. Pero está mejor.
Mientras, me paso la semana entera a mitad camino entre mi indolencia de los últimos meses y la ineficacia total. Bromeando,digo en plena redacción "¡qué difícil es tener tanto trabajo siendo tan vago!". El Nuevo Herald, mi antiguo lugar de empleo, ha logrado sacar a los que parecían inamovibles, como Norma Niurka, Olga Connor y Bárbara Gutiérrez.
Claro, con la indemnización tan grande que prometieron (al menos 35.000 dólares), era difícil no acogerse. Hay quienes teorizan que el periódico ya tenía una lista de los "jubilables", y sólo consideró a los que tenía pensado considerar. Verbalmente, este dato parece horroroso, aunque ahora que lo escribo, no tanto.
Pero queda el espanto de la revista Viernes, cada día más inexplicable. Cada vez que hablo con los habitués, les digo que cuando estábamos dentro nos quejábamos, pero era nuestra época dorada y nosotros ni lo sabíamos. Ahora solo queda un editor que no tiene la menor idea de espectáculos, que no edita lo que debe editar, y un reportero factótum que se ha creído una octava maravilla.
Eso en sí no es nada nuevo, lo novedoso es la combinación de petulancia, ignorancia y haraganería.
Sólo las plumas de René Jordán y de Eliseo, que últimamente está afinado como bisturí, salvan la revista. El viernes voy a hablar con Mabell Dieppa, la antigua compañera del Herald, a quien no veía desde 1997.
Casi a bocajarro, me pregunta que cuándo volvemos al periódico. Ha puesto el dedo en la llaga, pues echo de menos la energía de publicar el diario, de bajar al cuarto piso a ver las correcciones, la enorme responsabilidad y a la vez emoción.
En mi trabajo actual estoy bien, pero aburrido. Los jefes lo saben, me quieren complacer, pero actualmente no hay espacio en el presupuesto para reaccionar. Estando la calle como está, me quedo tranquilo por ahora.
