Estoy repartiendo consejos como si fuera un viejo de los del pueblo: una vez que te casas, el tiempo pasa volando. Más o menos me está ocurriendo lo mismo, pues parece mentira que ya hayan transcurrido tres semanas desde la ceremonia.
Esto me causa pavor, no quiero llegar a los 50 y despertar de un sueño, reclamando inútilmente el tiempo perdido. Por eso me he propuesto irme de esta ciudad para cuando cumpla 35 años. Claro, eso depende de muchas cosas, pero no puedo más. Echo de menos la naturaleza.
En España, en mi autoimpuesta soledad posfelipiana, mi válvula de escape era irme a varios pueblos de la serranía de Cuenca y del alto Tajo. Ahí, con Radio Nacional como único acompañante, consumiendo una barra de pan, ristra de fuet y botella de agua, era feliz. Claro, hacía gala de mi aislamiento, pero siempre he sido tan "lobo solitario", para utilizar una frase favorita de mi padre, que ni me daba cuenta.
El caso es que después del viaje a Vermont, me hace falta la naturaleza, la sierra, la montaña, los ríos, la exploración. Estamos pensando en irnos a vivir a Burlington, lo cual de por sí es una locura. Es una ciudad relativamente pequeña, y los inviernos son feroces (suelen llegar a -30° C), pero está cerca de todo. Montreal y las raíces están a apenas una hora, y el contradictorio Boston a dos horas y media.
Quisiera relatar aquí los pormenores de la ceremonia, pero como todo parece un sueño delicioso, mejor lo dejo así. Sólo matizar que fue un momento mágico, inesperadamente leve y agradable. Para el puente de Labor Day volveremos a Vermont a pasear, y quizá a replantearnos nuestra idea de vivir allí. Pero creo que la tarde que pasamos en el merendero del Lago Champlain, rodeados de montañas, nos ha afectado.
Mi madre estuvo hospitalizada parte de la semana de la Luna de Miel, y recogerla fue espantoso. La peor de sus dolencias es la testarudez. Cuando la empujamos a hacer algo, se siente resentida. El arte de convencerla (léase manipularla) es difícil, pero muy obtenible. Todavía me llegan informes de terceros de las discusiones que tuvo con Pilar durante la recepción (donde no tuvo reparo en llorar, aunque por razones muy distintas a las sospechadas). En fin, tener padres para esto.
En el fondo, me alegro de que no hubiera venido mi padre, con quien nunca he sido quien realmente soy (incluyendo mis numerosas encarnaciones).
Durante los primeros 21 años de mi vida, fui un pelele con mi padre, transigí mucho, tragué más quina que un pabellón de hospital y le puse al mando de mis múltiples inseguridades. Pero después, empezó a aflorar la furia y la intransigencia. Peleábamos por cualquier cosa, casi todos sus comentarios sutiles me irritaban, y nos dijimos de todo en tantas ocasiones que se convirtió en una especie de terapia postraumática: A los 6 años no tuviste el arrojo de decirle verdades a tu padre, pero a los 26, sí. Nos perdonamos, porque en el fondo somos parecidos, pero era un círculo vicioso.
He visto a mi padre una sola vez desde marzo de 1996, y verdaderamente siento que es mejor así. Nos echaremos de menos de vez en cuando, pero evitamos mayores cicatrices.
Marta y Eric me preocupan. No tienen preparación de nada, y viven en mundos apartes y muy diferentes. Ojalá que se lleven bien, pues creo que Eric, para lo marginado que ha estado, incluyéndome a mí mismo, no ha salido nada mal.
Sabe Dios cómo estaría yo de mal si mi madre se pasara casi todas las noches fuera y me dejara a mí a mi propio albedrío. Hoy Isis me pide un término gramatical para describir palabras superfluas. No lo sé, pero tengo el genial "Las buenas palabras" al lado, y busco pleonasmo. Al dárselo, me dice que soy un genio. No lo soy, sencillamente tengo buenos libros cerca.
Siempre he tenido cierta inquietud por la información, por muy innecesaria que parezca. Josh se maravilla y se queja de que me pase largas horas viendo un atlas, revisando poblaciones, viendo formaciones, absorto por los numerosos datos que brinda. Pero soy así...
