Mi primera borrachera, que verdaderamente fue la primera vez que probé alcohol en serio, fue el 25 de diciembre de 1985, gracias a mi primo Roberto. En mi verdor y ganas de probar todo (bueno, casi todo), me emborraché a lo grande con sangría en "Las Guitarras", un cuchitril en el madrileño Arco de Cuchilleros. Todavía me acuerdo de la cara de reprobación (hacia su hijo y hacia mí) de mi tía Pat.
Un año más tarde estaba tan alcoholizado que beber, liderado por la ginebra, era mi único remanso en un mundo donde mi inmadurez me permitía ser torturado mentalmente por mí mismo y por mi padre.
En Santo Domingo dejé a un lado la espantosa ginebra y abracé el ron, probablemente porque no podía (más por mí que por él) abrazar a Felipe, a quien acababa de conocer.
Cuando el amor imposible se mudó a Miami por mi insistencia y se puso de barman, comenzó mi etapa verdaderamente alcohólica. Bebía mucho por lo menos dos o tres veces a la semana, y casi siempre gratis. Era el invitado de honor de Felipe, y adquirí tanta tolerancia al alcohol que Felipe hizo mis delicias al comentar a terceros que yo "era de acero". Me convertí en un ruso, pues podía estirar mis mentiras aun con casi una botella de vodka de por medio.
Una vez acabada la debacle de Felipe, bebí mucho menos. Sin contar el viernes, llevaba casi dos meses sin probar ni gota, salvo un vaso de vino blanco en mi cumpleaños.
Yo creo que si tuviera orden y rigor en mi vida sería alcohólico.
Todo esto lo pongo porque ayer tuve la peor resaca de mi vida. Isis me llama para decirme que fui un éxito en la fiesta, aunque me bebí yo solito casi una botella entera de ron. Fue un milagro que llegara a casa, aunque el único comentario de Josh (muy comedido si se tiene en cuenta que de niño tuvo que aguantar el violento y desbocado alcoholismo de su madre) es que la peste a alcohol le despertó durante la noche. Pero ayer estuve inmovilizado, casi atado a casa con el espantoso dolor de cabeza y malestar gástrico. Horror.
