Mi vieja amiga, la bronquitis, se niega a abandonarme, y hoy mi cuerpo se debate entre la recaída y la mejora. Y eso que estoy tomando por enésima vez antibióticos.
Visito a otra vieja amiga, Lincoln Road, esa inefable calle peatonal de Miami Beach. Hace 15 años era una travesía insegura, sin locales abiertos, cerrada a cal y canto por el brillo del sol. Ahora es la arteria kitsch de South Beach, donde se mezcla lo ridículo con lo falso y uniforme, componiendo en una sola pincelada lo que admiro y detesto de Miami.
Josh y yo vamos a comer a un restaurante in, donde pagamos un dineral por un platito que sólo puede satisfacer hambres ligeras. Hablamos de cosas, de lugares donde queremos vivir lejos de aquí. Parecemos dos penitenciarios, comentando nuestros planes fuera de los barrotes tropicales. Echo de menos las montañas, las alturas desde donde admirar la naturaleza. No soy mucho de mar, lo reconozco.
Hablando fruslerías, las mismas que empezamos a charlar hace seis años, de repente la situación se vuelve seria y desagradable.
-Una vez que nos establezcamos, quiero reabrir el debate sobre la adopción.
Lo dice como si mañana fuéramos a poner los bártulos en el carro y salir a chupar carretera, cosa por ahora no sólo imposible, pero casi inimaginable.
Josh quiere adoptar hijos; yo me opongo. Y lo hago en gran parte por vagancia, tener hijos es mucho sacrificio y trabajo. Y amarlos como Dios manda, casi un calvario. No expreso mi otro temor, que me parece que él tampoco tiene la madera paterna (o materna, según se mire) para criar pequeños.
Esta conversación ya la hemos tenido, con amargura en algunas ocasiones, y la hiel no falta en ésta. Si verdaderamente cree que tener hijos es una prioridad, mejor no tengamos la ceremonia.
Soy muy brusco al decirlo, pero ya no puedo ser una persona que dice que sí a todo por no ir contra la corriente o no incomodar.
La sangre no llega al río, y los pelillos alcanzan la mar.
Vemos en el odioso minicine de South Beach Antes que anochezca. Tiene puntos muy buenos, y Bardem está genial. Pero mi problema es que sé demasiado de Reinaldo Arenas como para poner en tela de juicio la bondad excesiva exhibida en la pantalla. Arenas, por varias personas que lo conocieron, era sumamente difícil en persona.
La película es fuerte, pero podría haber sido más, le faltaba sacar punta a muchos temas.
En mi humilde opinión...claro.
Comienzan los preparativos odiosos de la boda, cerrar la lista de invitados, y cosas por el estilo. Para cierto tipo de organizaciones no sirvo. Pero ya nos acercamos al inexorable 7 de julio. Estoy muy ilusionado, quiero que el gesto transcienda el simbolismo para convertirse en algo mucho más amplio y a la vez genuino.
