Como casi siempre empiezo mi diario como «Vaya día tan...», quiero evitar la fórmula aquí.
El jueves pasado me llamó Josh, diciendo que estaba malito y que probablemente vendría de su viaje de «negocios» (en realidad lo envió el gobierno a hablar con médicos sospechosos) antes de tiempo. Le fui a recoger el viernes por la tarde y estaba hecho mierda. Así se ha pasado el fin de semana, con una gripe fatal. Como se niega a ir al médico o a cuidar sus síntomas, no ha mejorado mucho, salvo un glorioso oasis el viernes por la noche, que mi pudor prohíbe reproducir aquí.
Ayer cumplimos seis años encerrados en casa, sin hacer nada. Lo celebraremos el fin de semana que viene. Tampoco pudimos terminar de pintar, aunque Javi y Alain vinieron a echarnos una mano. Seis años. La cifra aterra, pero lo que asusta más todavía es el paso de los años. Ya tengo 32 y pronto cumpliré. Se nos deshacen los días entre los dedos.
Con mi madre como si nada, bueno, casi. Hubiera ido de visita el fin de semana, pero por temor a ser hosco o a meterme en trifulcas, no voy. Marta me comenta que prefiere no comentar sobre el asunto, pero en fin, qué se le va a hacer. ¿Lo estará haciendo mi madre para darse relevancia? Quizá. Lo dudo en el sentido que lo que siente, principalmente, es vergüenza.
Me acuerdo de una conversación que tuve hace muchos años con Marta, cuando le dije que me gustaba Luigi y que consecuentemente era gay. Marta me dijo: «no se lo digas a mamá, que se va a morir». Un par de años después, con ya mamá enterada, se lo reproché ligeramente y me contestó: «bueno, es que sí se murió».
Durante todos estos años mi consuelo ha sido que por lo menos me veía feliz en una situación estable y dedicada. Pero no sé, mi madre es increíblemente terca y cuando la situación se presta, hace oídos sordos ante la realidad. Si siguió enamorada de mi padre 21 años después de que la dejara, creo que es posible que todavía tenga designios heterosexuales sobre mi persona.
Y ya que surge el tema, he de contar en qué extraña circunstancia dejó mi madre de estar enamorada de mi padre.
Fue en Santo Domingo, durante la última semana de 1995. Mi madre se puso un traje precioso, diseñado y confeccionado por ella misma, para ir a cenar. De repente, el perro de la casa, todo sucio, se le montó arriba. Mi madre intentó por todos los medios quitárselo, mientras se fijaba con qué cara de sadismo se reía a carcajadas mi padre. A partir de ese entonces, se desencantó. No fue mediante las barbaridades que nos hizo a sus hijos, los malos tratos ni las sulfúricas peleas o los insultos. Fue porque se le montó su perro encima y se rió porque la ensuciaba. Así es la vida.
